lunes, 22 de abril de 2013

"Fiel a la Iglesia católica, pese a todo: pese a mis muchos pecados y tentaciones, pese a los de la propia Iglesia (XCI)"



El sacerdote Vicente Cárcel Ortí, que tiene tres doctorados, me parece, y que es valenciano y tiene el título honorífico de monseñor, y pasa por ser uno de los mejores historiadores de la Iglesia católica en la actualidad, es justamente especialista en la historia de la persecución a la Iglesia en España en la primera mitad del siglo XX. A ello ha dedicado sesudos estudios y monografías.

He leído algunos de esos trabajos. En todos ellos, Cárcel Ortí sostiene que resulta asombroso el odio a la fe decretado por los instigadores de la persecución religiosa organizada contra la Iglesia católica, teniendo en cuenta, siempre según el historiador Cárcel Ortí, que muchos de los religiosos, religiosas y sacerdotes asesinados eran de hecho pobres, de vida sencilla, cercanos a las capas más humildes de la sociedad.

Ciertamente, puede que tenga razón Cárcel Ortí en lo que afirma; con todo, creo que no destaca lo suficiente un hecho. A saber: puede que no pocos de los sacerdotes, religiosos y religiosas vilmente torturados y finalmente mortalmente rematados fueran de vida pobre, ascética, y hasta humilde y asistencialmente solidaria. Pero la Iglesia como institución, como estructura de poder, no era así; en verdad, parece probado por estudios de investigación histórica que la Iglesia católica, durante todo el siglo XIX prácticamente, y durante el primer tercio del siglo XX, se había ido alineando con las capas más pudientes de la sociedad, con la burguesía, con la aristocracia, obviamente con la Monarquía, siempre en contra de los legítimos intereses de las clases obreras y campesinas .

Expuesto como lo expongo, a grandes pinceladas o brochazos, pudiera parecer algo así como un esquema maniqueo de película de indios y vaqueros, solo que me parece que no es poco cierto lo que afirmo. De manera que habiendo sido así el devenir histórico del secular desencuentro de la Iglesia católica y los estratos más humildes y pobres de la sociedad, el odio y resentimiento contra la Iglesia opresora, acumulado durante décadas, durante siglos, de padres a hijos, ¡no hizo sino estallar cuando las condiciones revolucionarias y el ateísmo y el materialismo y la lucha de clases puestos en circulación por los movimientos sociales del último tercio del siglo XIX y principios del siglo XX encendieron la antorcha de la revolución!

Me parece más plausible entenderlo así que interpretar que de la noche a la mañana (de la Revolución de Asturias del 34 a la Guerra Civil iniciada en el 36), el Pueblo empobrecido, sublevado y resentido contra la Iglesia decidió destruir esta. No en balde, virulentos conatos anticlericales ya se producen en el siglo XIX español.

Buena tarde.
Publicar un comentario