sábado, 27 de abril de 2013

"Fiel a la Iglesia católica, pese a todo: pese a mis muchos pecados y tentaciones, pese a los de la propia Iglesia (CXVI)"





  • “Francisco de Roma y la ecología de san Francisco de Asís”, he aquí el título del artículo de Leonardo Boff (Atrio, 26/4/2013).
     
    Me parece bello su contenido y a la vez exagerada su propuesta: no creo que el papa Francisco esté dispuesto a llegar tan lejos, en su afán reformista, en su ecologismo radical y teocéntrico, como Francisco de Asís. Esto por una parte. Aunque a decir verdad, mejor, desde mi perspectiva, el papa Francisco lo está haciendo notablemente bien. Quiero decir: no abrigo dudas de que debe ser un buen creyente, un buen discípulo de Jesucristo. El Papa argentino ama a la Iglesia universal, a la que trata de servir, a la que ha tratado de servir durante su ya larga y fecunda vida, pastoralmente fecunda.
     
    Y por otra, estamos ante el problema de siempre, al que yo mismo hago frecuente referencia en Atrio:  la Iglesia católica atraviesa una crisis de fe y de credibilidad tan colosal, que no abundan en modo alguno los entusiastas continuadores del sueño evangélico, eclesial y ecologista-pacifista de Francisco de Asís. ¡Para nada!
     
    Miremos: en las parroquias, la mayoría de los fieles apenas se conocen, casi ni se saludan, no hablan entre sí apenas, no hay fluidez comunicativa, no hay conciencia de pertenencia comunitaria fraterna. Por eso, los pentecostales evangélicos crecen como esporas, como la espuma; son la comunidad cristiana que más crece en el mundo, una pasada: los pentescostales sí ofrecen primero, una experiencia intensa de fe, segundo, un clima de acogida, fraterno (o de apariencia fraterna), comunitario, y tercero, ofrecen formación espiritual y teológica. Frente a todo esto de los pentecostales, las comunidades católicas, por lo común -con todas las excepciones que se quieran, desde luego- resultan frías, distantes, no funcionan como verdadera comunidad.
     
    Por lo menos es mi experiencia. Así por ejemplo, aunque también he tenido experiencias de pertenencia comunitaria a colectivos católicos solidarios y apostólicos de apostolado obrero, lo común en mi vida ha sido acudir a las parroquias, lo típico, a varias de mi entorno. Pues bien: casi imposible la comunicación fluida con los parroquianos, sobre todo con los parroquianos jóvenes. Es como si cada joven católico que acude a la parroquia fuera por libre, metido en su burbuja, en su islote, con apenas vinculación con el resto de feligreses. Y cuando intentas “romper el hielo”, vencer las distancias, suele ocurrir que no consigues tampoco gran cosa, pues acabas sintiéndote como en ridículo, como si no valoraran lo que haces; vamos, que lo que crees experimentar es que la peña no está por la labor.
     
    Abundo en esto: hasta que me harté de hacer el indio, cada vez que yo publicaba un libro, y a menudo cuando publicaba artículos en la prensa, en revistas escritas y sobre todo en Internet, hacía copias y las entregaba a jóvenes católicos de las parroquias de mi entorno. Con el resultado de que ¡jamás vi a ninguno de esos jóvenes en presentación alguna de mis libros, y jamás ninguno de esos jóvenes se acercó a mí para comentarme qué le había parecido mi último artículo publicado, del que encima, ya he dicho, me había molestado en hacer copias que les había repartido a ellos y ellas!
     
    Hasta el extremo, también digo, de que me he aburrido, y he acabado por tirar la toalla. Asimismo, como soy cinéfilo empedernido (para mí, el día ideal es el día en que logro sacar tiempo para visionar al menos una película, una película por día), también he probado a tratar de hacerme cercano con los pocos jóvenes católicos que acuden a las parroquias de mi entorno repartiéndoles invitaciones para la asistencia, siempre gratuita, a algunos de los ciclos de cine que frecuento. Completamente inútil. Lo mismo que cuando he invitado a todos esos pocos jóvenes a acudir a las actividades alternativas de espacios socioculturales más o menos antisistema de la capital de mi Isla, en los que también vemos cine, entre otras actividades. Idem: todo es en vano.
     
    Entonces, siendo la que es mi experiencia, el cuento -en el buen sentido de la palabra, no pretendo ser despectivo-  del sueño de Francisco de Asís que nos trae Leonardo Boff en su artículo, ¿para qué lo quiero en una Iglesia cuya mayoría de fieles jóvenes funciona (digo la que yo conozco, ojo, con la que he pretendido repetidos acercamientos comunicativos y fraternos, todo en vano, conste) con una apatía tan mayúscula hacia lo que significa amistad y comunicación, hacia lo que significa compromiso social, hacia lo que significa implicación en la cultura…?
     
    Leonardo Boff: más allá de ese siempre maravilloso sueño de Francisco de Asís, en España ¡el 98% de los jóvenes pasa de la Iglesia católica, cada día que pasa, más, más radicalmente, más distantemente! Y del 2% que, pongamos, no pasa de la Iglesia, una nada desdeñable mayoría sí pasa del cine, de la pasión por la cultura, de la pasión por lo social y por la solidaridad.
     
    Ojo o repito: todo esto que digo es desde mi estricta experiencia personal. La cual no significa que haya que tirar la toalla. Yo por ejemplo sigo yendo a misa; religiosamente cada domingo y cada fiesta de guardar o de precepto, y hasta entre semana voy alguna vez, y confieso y comulgo con frecuencia y trato de hacer oración, muy por libre, a mi manera, con métodos de oración flexibles, siguiendo para ello breves resúmenes de la Liturgia de las Horas...

    Pero creo que hay una gravísima flojera en la vida de la fe en la iglesia católica; flojera a la que yo contribuyo, ni que reconocerlo habría, pues no dejo de ser un flojo en lo tocante al entusiasmo de mi fe.

    Aunque bueno: como sigo yendo a misa, confesando y comulgando frecuentemente (procuro comulgar siempre que asisto a la Eucaristía, lo cual significa que como mínimo confieso una docena o decena de veces al año) y tratando de hacer oración y vida solidaria por el Reino... Porque en definitiva (obligada), nunca la Iglesia católica, en sus 20 siglos de existencia, ha dejado de tener en su seno a personas maravillosamente testimoniantes de la fe en Cristo. En todos los estamentos y estados de vida: entre los obispos, entre los sacerdotes, entre los religiosos y religiosas profesos, entre los seglares... De esto creo que nunca he dudado. Nunca.

    De manera que tal certeza debe formar parte del núcleo esencial de mi vida creyente, esto es, de mis convicciones de discípulo de Cristo que camina con la Iglesia católica.
     
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