viernes, 19 de abril de 2013

"Elogio de las campanas"

Las campanas de las iglesias, conventos y monasterios católicos no son solo "la voz de Dios", que lo son, sino también uno de los signos  acaso más emotivos o sentimentales de lo que cabría que definiéramos como la entraña secular de los pueblos.

Imaginémonos, volviendo la vista atrás en el tiempo, cuando en nuestros pueblos todo era rural, campesino, natural, sin vehículos a motor, sin electrodomésticos, sin ni siquiera aparatos de radio, por supuesto que sin televisión ni Internet... Las campanas entonces nos llegan desde esa época, desde el inicio mismo de la era cristiana o casi, como secular herencia de unos tiempos "no tan lejanos" y que desde luego no han muerto para siempre.

También, como si percibiéramos a través del tañido de las campanas una suerte de perplejidad: ¿Cómo es que pudieron nuestros abuelos vivir con tan escasos bienes materiales, sin electrodomésticos, sin televisión, sin Internet...?

Un tiempo pasado de siglos en el que, prácticamente sin nada de lo que hoy día propiamente caracteriza nuestra época científico-técnica y postmoderna, las campanas acompañaban el ritmo vital y el trajín cotidianos: los trabajos de sol a sol, puesto que había que aprovechar la luz solar al no existir luz eléctrica o porque esta escaseara... Imaginémonos a miles y miles de campesinos que hoy gozan de la presencia de Dios en el Paraíso levantándose al alba con el canto disperso y potente de los gallos, con el despertar pausado de las bestias próximas, y con el tañido de unas campanas llamando a la oración matinal, o a la misa de alba... Seguro que, analfabetos la mayoría de ellos, al menos reconocerían en esos sonidos metálicos de las campanas el "tiempo de Dios".

Con todo, me temo que la civilización occidental se ha deshumanizado tanto que es lo que auguraba el gran novelista francés Bernanos: "Un sacerdote menos, mil pitonisas más". Es decir: cuanto más tratemos de sacar a Dios de nuestras vidas, más nos acabará molestando el tañido de las campanas, puesto que la vida la habremos ido desmisterizando, desacralizando, paganizando, secularizando...

Cualquiera que haya conocido y tenido familiar trato con padres, abuelos y bisabuelos que hoy día tendrían sobre los cien años de vida o más -yo alcancé a conocer a uno de mis bisabuelos, que si viviese tendría hoy sobre los 130 años-, sabe de lo que digo. En muchas de esas personas casi sin excepción, junto a múltiples defectos, debilidades humanas y sobre todo falta de ilustración libresca, desde luego había una sensibilidad para aprehender el misterio de las cosas de Dios que en la actualidad se ha ido perdiendo, tan hechos como estamos a los avances tecnológicos -que bienvenidos sean-, pero no poco cerrados a la simplicidad del misterio: el tañido de unas campanas, el recogimiento que entraña o comporta la vida natural, las faenas del campo...

Luis Henríquez: 20/9/2012.

  
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