miércoles, 24 de abril de 2013

"Fiel a la Iglesia católica, pese a todo: pese a mis muchos pecados y tentaciones, pese a los de la propia Iglesia (CX)"




Javier Peláez:

Gracias por lo de “interesante”; en otras ocasiones, discrepamos, pero no pasa nada, ni cuando se concuerda ni cuando se discrepa, mientras haya respeto elemental.
En Atrio no me siento incómodo, porque las controversias no salpican lo estrictamente personal. Y lo siento ahora como un espacio de libertad, de heterodoxia doctrinal, sin duda, con la que suelo discrepar, pero me interesa este portal, tal vez por ser el que es el momento de mi vida por el que paso.
Un momento existencial en el que me parece estar captando de una manera soberanamente aguda el rigor de las hipocresías e incoherencias eclesiales; de ahí esa cierta “sintonía” mía con las críticas a la Iglesia de alguien como Javier Renobales, con quien en última instancia discrepo porque yo me sigo alineando con el Magisterio… O al menos eso creo, que igual tampoco, aunque mi intención siga siendo la que es.
Alineación que no raramente me hace plantearme si no seré yo en realidad o en el fondo de mis intenciones y voluntades más íntimas, un cobarde. Un cobarde, sí, porque habiendo perpetrado contra mí humilde persona (humilde a mi pesar, no es falsa modestia) la hipocresía eclesiástica un conjunto tan descarado de ruines atropellos, no sé por qué no me atrevo a proclamar más a menudo un profundo y muy arraigado sentimiento de rebeldía que experimento ante la contemplación, de una parte, de esos atropellos sufridos, pero sobre todo ante la contemplación de tantos comportamientos hipócritas que me parece captar sobre todo en el estamento clerical, o eclesiástico.
Veamos. En Atrio mismo he tenido ocasión de reconocer que yo mismo me habría hecho presente en París en las manifestaciones convocadas por la Iglesia católica en Francia y por fuerzas de la derecha y aun de la extrema derecha xenófoba y racista francesa, contra el matrimonio igualitario para las personas homosexuales, que finalmente ha salido aprobado en la laicista Francia. Y sin embargo, con independencia de que estando yo en Francia hubiera ido o igual no a esas manifestaciones, a fuerza de ser sincero he de reconocer que a menudo me parece potencialmente desconcertante por hipócrita el que los obispos católicos pongan tanto énfasis en la defensa del embrión, el feto, el nasciturus, y aparentemente, al menos aparentemente (en las intenciones y en las conciencias, ahí no entro), mucho menos énfasis en proteger la vida, los derechos, la solidaridad y la justicia de las personas nacidas, de los más pobres, por ejemplo.
Mira que he repetido, Javier Peláez, hasta la saciedad, aquí mismo en Atrio, que no tengo ningún asomo de duda sobre que la hipocresía eclesiástica me ha acabado jodiendo la vida, mi vida real, mi humana existencia de carne y hueso en el aquí y ahora de este mundo (no en el más allá prometido). No puedes ni imaginarte el dolor y la desazón por todo ello, el descalabro que padezco. Por ello, cuando contemplo mi estado, que diría el poeta clásico, y me pongo a escuchar los episcopales gritos de condena del aborto, pongamos, de todo aborto, se me aparece principalmente esta palabra, lo confieso, no puedo negarlo: HIPOCRESÍA.
Me pregunto (¿retóricamente?): ¿Cómo los mismos que han sido capaces de pasar del dolor de alguien de carne y hueso como yo, que vive, que respira, que siente y padece, que tiene memoria y conciencia, etcétera, son capaces de mostrarse tan encendidamente defensores del derecho a la vida de seres vivos (si discute si humanos o no, si personas o no) que no tienen memoria, ni conciencia, ni intrahistoria…?
Soy contrario al aborto, lo he reconocido en Atrio. Pero aunque contrario, me parece a menudo tan desproporcionada la defensa numantina que hace la Iglesia del derecho a la vida del nasciturus, al tiempo que no hace más que practicar la doble moral, la hipocresía en sus vertientes más refinadas, el nepotismo más escandaloso imaginable, y en general los pactos con los intereses mundanos o terrenales más bastardos y contrarios al Evangelio.
En fin: agradezco al menos a Atrio el que me permita -al menos hasta la fecha-, dar rienda suelta a todas estas cuitas mías; desde luego, otras páginas de Internet que se tienen a sí mismas por muy católicas, no me lo permiten.
Buen día.
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