miércoles, 17 de abril de 2013

"Fiel a la Iglesia católica, pese a todo: pese a mis muchos pecados y tentaciones, pese a los de la propia Iglesia (LXXIX)"

Este artículo del teólogo José María Castillo (se trata del titulado "El silencio de los obispos", publicado en Atrio en abril de 2012) nos pone en la senda de considerar cómo es la actuación de los obispos católicos de España ante la crisis...

En efecto: puede que los catorce obispos que aparecen en la fotografía que encabeza el post del citado teólogo (algunos prelados españoles apenas si se adivinan, detrás de otros que aparecen más en primer plano) sean excelentes personas, excelentes creyentes en Cristo y en su Iglesia universal. Sin embargo, la sola exquisitez de la que parecen rodearse, revestirse, investirse, a mí me sigue pareciendo que al común de los mortales no le puede fácilmente recordar la memoria de los Apóstoles -adrede con mayúscula inicial-: aquellos humildes pescadores de ribera, o jornaleros y, en todo caso, pertenecientes a las capas más sencillas de la sociedad.

Este es, me parece, el nudo gordiano de la cuestión disputada en el artículo del sacerdote católico José María Castillo; o lo que es lo mismo: no lo que los obispos sean, sino lo que aparentan ser -incluso, aunque no lo quieran aparentar-, esto es, la imagen de poder, de lejanía de las gentes comunes, de lejanía de las vicisitudes de las gentes del Pueblo que se afanan por buscarse la vida en medio del vendaval de esta crisis "sin trabajo ni comida ni casa seguras" -cosa que sí tienen por lo común los curas, como por condición o concesión de su propio modus vivendi clerical-. 

De manera que el teólogo Castillo, en efecto, se pregunta por el compromiso crítico y profético de los obispos españoles en todo este asunto de la crisis económica que sin piedad nos golpea, ahora que se intensifican los recortes en sanidad, en educación...

En otro orden de cosas, confieso que siempre me he manifestado en contra del aborto, si bien no he dejado de considerar que existen situaciones verdaderamente sangrantes, quiero decir, situaciones de tremendo conflicto moral y existencial en mujeres tentadas a abortar. De ahí que una primera tendencia mía haya sido, para todo esos casos de tremendo conflicto, la de tratar de comprender a la mujer tentada a abortar incluso al precio de justificar yo mismo el aborto en esas situaciones límite (pienso en el caso de niñas violadas y que se quedan en estado con 10 años, por ejemplo, u otros casos igual de dramáticos en mujeres ya de más edad). Pero no obstante como la postura oficial de la Iglesia católica es la de condena o rechazo sin paliativos ni fisuras ni eximentes de ninguna clase de todo aborto provocado...

Hoy día gracias a los avances técnicos, entre otros avances, podemos afirmar con total certeza, "científicamente", que el feto sufre la agresión que es el aborto. Sin embargo, sin intención alguna de legitimar o justificar el aborto provocado querría señalar que también científica y moralmente conocemos que un feto o nasciturus aunque sufre, siente y padece, y hasta se alegra "a su manera", al no tener conciencia ni memoria, al no tener historia personal (intrahistoria la llamaría D. Miguel de Unamuno)...

No es que por el hecho de que el feto o nasciturus en efecto sufra menos -por tener menos conciencia o no tenerla en absoluto, ni memoria ni historia personal alguna o intrahistoria- por lo que es legítimo establecer una especie de "baremo o medición del dolor" con que justificar la práctica del aborto, pero sí que es honesto, me parece, caer en la cuenta de cómo a menudo, desde la propia Iglesia católica, como bien afirmaría el propio José María Castillo, muchos obispos, clérigos y aun laicos de a pie muestran un muy enérgico rechazo del aborto, de todo lo que sea o suene a aborto -lo cual no es que me parezca mal, acaso sí excesivo en algunos de sus aspectos o postulados-, acompañado de una muy inferior preocupación por todo lo que también atenta contra la vida de la persona "ya nacida", ya instalada en este mundo nuestro tan lleno de injusticias. 

Me parece a mí.


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