domingo, 13 de mayo de 2018

gabriel angel del monte


Este comentario mío a propósito o al hilo de las breves reflexiones de César Rollán y Juan Cejudo con vistas al ya al inminente día de san José -mañana viernes 19 de marzo-, en su siglo el carpintero o artesano padre putativo de Jesús (de ahí, alparecer, lo de Pepe para los que se llaman José: contracción de “padre putativo”), podría titularse, si fuese propiamente un artículo, algo así como “El poder del celibato”. Pero no es un artículo, en su calidad de breve colaboración forística; así que veamos.

Por poder del celibato entiendo lo que sigue, que trataré de exponer de manera un tanto “gráfica”, esto es, con ejemplos tomados de mi propia experiencia personal. Según ésta, no abrigo dudas sobre que yo mismo he conocido a no pocos sacerdotes en activo, por ende, célibes, que desde luego no me han parecido ni siquiera excelentes como personas; me han parecido, más bien, soberbios, altamente hipócritas, acaso cínicos, autoritarios, con permanente doblez, con permanente vara de medir, acaso no propiamente pobres ni especialmente obedientes… Puedo asegurar -y aseguro- que muy a menudo ante los tales he llegado a experimentar que si no fuese por su celibato -en cuyo respectivo cumplimiento, obviamente, no voy a entrar aquí y ahora, por muy patentes razones-, casi que no creería ni que son sacerdotes católicos esos tales.

Ya sé que se me podrá replicar o echar en cara que estoy juzgando a otras personas. Pues bien, no me importa; lo que sucede, comoquiera que sea, es que no puedo evitar escribir lo que escribo. Y además ni puedo ni quiero porque creo estar seguro de conocer a otras personas que, aunque sacramentalmente ordenadas como ministros de la Iglesia universal, hoy día, no siendo célibes, no pueden ejercer el ministerio,´la cura de almas y demás atribuciones propias del sacerdocio ministerial. Y sin embargo, entre estos últimos me parece conocer a personas sí altamente estimables, a mi modo de ver más transparentadoras de los valores evangélicos que no pocos sacerdotes célibes que conozco.

De modo que la perplejidad resultante de tal situación es tan evidente como ya también tópica: ¿por qué el celibato se considera condición sine qua non para todos los aspirantes diocesanos al sacerdocio ordenado, si lo cierto es que el celibato por sí solo -de cuya grandeza espiritual no querría dudar, a la vez que tampoco de su muy frecuente incumplimiento en la Iglesia católica por parte de quienes están por estado obligados a vivirlo- no hace mejores a las personas?

Debe haber personas célibes maravillosamente santas; empero, insisto en que mi propia experiencia me parece indicar muy a las clares que también existen personas tan célibes como insoportablemente soberbias, altaneras, distantes, herméticas, mezquinas, hipócrias y cínicas. De manera que vuelve similar perplejidad: ¿por qué si es posible en la Iglesia católica ser sacerdote católico diocesano -obviamente, no incluyo a los religiosos sacerdotes, pues estos tienen un plus por los votos propios de su estado religioso- si se es célibe, aunque como persona se deje mucho que desear por causa de comportamientos hipócritas, soberbios, mezquinos, etcétera, en tanto si no estás dispuesto a ser célibe aunque hayas demostrado, en lo estrictamente personal, mayores niveles de generosidad, capacidad de entrega, compromiso solidario, nobleza, honestidad, transparencia, etcétera, no puedes aspirar a ser sacerdote ordenado?

El Magisterio mismo afirma que el celibato de los presbíteros no es consubstancial al sacramento del orden, pero sí que es un estado que, a imitación de la propia vida de Jesús de Nazareth, que fue pobre, obediente y célibe, ayuda a vivir con mayor capacidad de entrega el ministerio presbiteral u ordenado. Siendo así, nada que objetar, especialmente por lo que respecta a los muchos casos de célibes que en efecto han vivido generosamente su entrega y disponibilidad celibatarias. Sin embargo, ¿qué hacemos con los cientos, miles de casos de celibatos manifiestamente indignos,  y como desequilibrados? Ante estos, que no son tan escasos como la propia institución eclesial pretende hacer creer, ¿no puede ser más testimoniante la vida de hombres casados, jóvenes y no jóvenes, elevados a la categoría de ministros ordenados?

Ciertamente de los anteriores cabría afirmar que no imitan a Jesús de Nazareth en la vivencia del celibato, pero puede que sí lo imiten en otros tantos aspectos o dimensiones de la inimitablemente rica personalidad del Rabí de Galilea: capacidad de ternura, de acogida, de compromiso solidario, etcétera. De manera que no termino de entender por qué es tan determinante el celibato, la verdad.

Postdata: Admito que puede que yo esté ofuscado o equivocado en mis planteamientos, solo Dios conoce por qué, pero reventaría si no dijera lo que sigue: incluso me parece conocer a más de cinco y más de diez sacerdotes católicos que, la verdad, desde un punto de vista meramente sociológico o laboralista uno diría que hacen muy poco durante el día: algunos tienen misas solamente los fines de semana, quedando con la semana restante prácticamente libre, sin la obligación de celebrar misa en ningún otro sitio, a pesar de la crisis de vocaciones y la falta de efectivos sacerdotales; de otros uno diría que, aparte de la media hora diaria de misa o poco más, el resto del día… Me consta que yo soy el que escribe tales impresiones, pero que no escasean las personas que lo piensan o sospechan igual.

¿Por anticlericalismo latente y mala fe? Todo es posible, aunque no lo creo.



ATRIO
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