martes, 29 de enero de 2013

"Fiel a la Iglesia católica, pese a todo: pese a mis tentaciones y pecados, pese a los de la propia Iglesia (XVIII)"



Con todo, lo que más me llama la atención de la entrevista, acaso sea la claridad -no se anda con tapujos, con dobles verdades, con remilgos- con que reconoce que tuvo a bien, por las razones que sean y que pertenecen a su intimidad, al sagrario de su vida privada, conocer el amor humano. Habiendo sido religiosa, conste; esto es, una consagrada a Dios desde la pobreza, la castidad, la obediencia.

No estoy planteando ninguna crítica a la vida religiosa como la ha entendido la Iglesia universal (con sus dos “pulmones”, el de Oriente y el de Occidente) hasta la fecha, en modo alguno: me sigue pareciendo un modo de vida admirable, para el que crea recibir esa llamada, etcétera. Más bien lo que planteo es que, incluso sin poder conocer las auténticas intenciones de la ya anciana militante en pro de la justicia  Leonor Esguerra Rojas al confesar esos episodios de su vida, el mero hecho de haberlos confesado supone un gesto de, cómo decirlo, valentía personal, honradez consigo misma, fidelidad a su mundo interior, lealtad a su ser de mujer de carne y hueso.

Desde luego, no faltarán quienes le reprochen a la veterana exmonja colombiana que habiendo actuado como actuó en su momento, hizo daño a la vida religiosa de la Iglesia católica tal y como está constituida, y que tal vez hizo daño a los propios pobres usando métodos violentos guerrilleros, etcétera. Acaso contenga alguna o no poca verdad toda esa crítica. Pero insisto: luego de haber sido una consagrada al Dios de Jesucristo, una desposada con Cristo, atreverse a desnudar su alma hasta el extremo de reconocer que llegó a ser amante -no sé si suena muy fuerte la palabra-, en pleno fragor revolucionario en Colombia, de un líder guerrillero…

Al hacer esa confesión, es como si se hubiera despojado de toda dignidad, hasta de la de haber sido esposa del Esposo. Y así quedar a la opinión pública en esencia: una mujer de carne y hueso, apasionada por la lucha militante por la justicia.

¿Una pena de exmonja que se perdió (una vocación, se entiende) por causa de la politización más o menos marxista del mensaje cristiano? Puede. Pero repito que me quedo con esa confesión:  la vieja Elena Esguerra Rojas se ha desnudado, se ha quedado en pelotas -perdón de nuevo por la expresión-. Sola con la verdad de su vida ante Dios. Y más que esto ya es difícil ofrecer algo


Por el testimonio que de sí misma ofrece en la entrevista, parece muy difícilmente discutible de la exmonja colombiana Leonor Esguerra Rojas la verdad de su vida: los móviles de la misma han sido la solidaridad, la pasión por la justicia, la opción por los pobres. Si se ha equivocado -que sin duda se ha equivocado, como nos equivocamos todos y todas, en mayor o menos medida-, la balanza de sus errores y aciertos, virtudes y pecados, corresponde o compete a Dios establecerla, ahí es nada.

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