sábado, 26 de enero de 2013

"¿Aprendiendo a relativizar el papado?"


En esta controversia en Atrio ("Aprendiendo a relativizar el papado": Antonio Duato, 20-1-2013), los comentarios más lúcidos, atinados y por ende verdaderos me siguen pareciendo los de Santiago Hernández. Escribo "verdaderos" en el sentido de fidelidad a los hechos históricos, no a las particulares perspectivas, que han de ser necesariamente subjetivas, de quien interpreta esos hechos históricos.

Cierto que por ser sujetos, como personas que somos, que piensan (desde el cogito ergo sum cartesiano), y que viven por ser amadas, esto es, gracias a una vida dada por otras personas progenitoras, y así para ser amadas y amantes (cfr. Mi vocación es el amor, testamento espiritual de esa descomunal santa que se llamó Teresa de Lisieux), justamente desde el instante mismo de la concepción y el ulterior alumbramiento a la vida relacional (el soy amado, luego existo que pretende acuñar el filósofo personalista español Carlos Díaz, cuyo magisterio sigo agradeciendo tanto, presumo que sin excesivas ínfulas de grandeza por mi parte -o toquemos madera- y sin academicistas complejos de inferioridad; véase su tetralogía Soy amado, luego existo: Bilbao, Desclée de Brouwer, 1999), el mundo, entendido aquí como fenómeno, necesariamente lo entendemos desde la perspectiva de la subjetividad. Lo dijo en su momento y en algún lugar de su siempre sugerente obra José Bergamín: "El hombre es pura subjetividad, pues es sujeto, no objeto".


Sin embargo, una cierta o considerable objetividad es posible y aun deseable. Objetividad que implicaría un esfuerzo por aceptar, de manera desprejuiciada, los hechos y los fenómenos sociales de toda índole que el estudio de la Historia nos pone delante. Con un ejemplo: es una verdad histórica (objetiva) que la Iglesia universal, siempre santa y pecadora y por ende necesitada de permanente reforma, ha hecho mucho bien a la humanidad (educación, sanidad, primeros hospitales, solidaridad con los pobres y enfermos, misiones ad gentes, rescate de la cultura grecolatina clásica, defensa de la dignidad de las personas, inspiración de corrientes filosóficas humanizadoras…), a pesar de que también se ha equivocado mucho, porque está conformada por personas: pactos con los poderosos de este mundo, marginación-estigmatización de colectivos más o menos marginales u oprimidos (homosexuales, mujeres, obreros, indígenas…), manipulación de la conciencia de las masas, rechazo de la libertad de conciencia, oposición a la democracia…



Como sostiene Santiago Hernández al calor de esta controversia que nos ocupa, el papado no es accesorio o superfluo en la vida de la Iglesia universal; está suficientemente probada su fundamentación bíblica (neotestamentaria), patrística, histórica y eclesial. Otra cosa es que queramos aceptarlo. Y otra cosa es que nos gustasen más signos evangélicos en la forma como los papas ejercen el ministerio petrino: más sencillez en las formas, en los vestidos, en el calzado, en los hábitos de vida, en la vinculación-relación con los poderes de este mundo, en el servicio samaritano (desde la koinonía de ser siervo de los siervos de Dios el obispo de Roma) a los pobres, enfermos, marginados, excluidos…

Me parece a mí que es así, que naturalmente puedo estar muy equivocado.


Enero, 2013. Luis A. Henríquez L.

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