lunes, 28 de enero de 2013

"A pesar de las injusticias de este mundo (también presentes en la Iglesia universal), la alegría"


Leo esta serena reflexión sobre la vejez humana desde el invierno canario: esta mañana sabatina, la brisa del alisio llega algo más fría, es lo que toca por el mes en que estamos; empero, el cielo está inmaculadamente soleado y brilla el sol con ganas. La temperatura a esta hora, 17.8 c.

La vejez, ah la vejez… Como sugiere en forma de pregunta el autor, ¿por qué unas personas llegan a viejas y otras mueren en la flor de sus vidas? ¿Por qué unos hijos ven envejecer a sus padres, testigos dichosos de ese hecho pese a los malos tragos de la humana existencia, frente a otros tantos que quedan huérfanos a temprana edad? 

Y fuera de la consideración sobre la vejez humana, ¿por qué parecen triunfar en esta sociedad los tramposos, los superegoístas, los vanidosos, los materialistas solo centrados en sus cosas, en sus negocios, carentes de ideales que merezcan llamarse tales, y empero fracasan para el mundo los idealistas, los generosos, los que tratan de pasar por la vida haciendo el bien…?
En un mundo como este actual en que vivimos tan saturado de altas dosis -valga la redundancia- de individualismo, egoísmo o desamor, materialismo, nihilismo, consumismo, vacío de valores humanos y espirituales solidarios, pragmatismo, indiferencia social, pasotismo y vacío de Dios, desde la castidad y serenidad que dan los años ¿qué pueden decirnos los viejos, a los que no somos tan viejos e incluso jóvenes deseosos de seguir construyendo, pese al nihilismo blandengue y superficial y de amplias tragaderas-adormideras que lo invade todo, una ciudad secular más justa, fraterna, libre, solidaria, humana y reconciliada?
A menudo en Atrio -a cuyos responsables vuelvo a agradecer que al menos mis reflexiones aparezcan- me parece aprehender la impresión de que abundan más las personas (en calidad de foristas) deseosas de ser felices, que las personas deseosas de fidelidad a eso que se llama construir el Reino en fidelidad a la Iglesia católica. Lo cual me alegra -de ser así como supongo o conjeturo-, pues dado que para mí es una gran farsa o estafa, en muchas ocasiones (ciertamente, no en todas), eso de construir el Reino de Dios desde la fidelidad a la Iglesia universal -quiero decir que es una farsa o estafa programada desde instancias de la Iglesia católica-, creo preferir la sinceridad de los que, ni cortos ni perezosos confiesan: “Aquí en la vida, en nuestro paso por este mundo, estamos para tratar de ser felices, lo más felices que podamos; y de paso, que sean máximamente felices los que amamos”.
Hace tiempo que le doy vueltas a esa promesa de felicidad, frente a tanto hipócrita clerical que me ha tratado de joder la vida. Tales tipos no tienen ninguna autoridad moral para mí, aunque sean obispos; por ende, no consigo creerles cuando los escucho exhortar a la gente a que “busquen el Reino de Dios y todo lo demás se dará por añadidura”, toda vez que resulta muy palmariamente evidente que para esos tales importan mucho más las “añadiduras” (hipocresías, poder, buena vida, clericalismos varios…) que el Reino. Palabra que es así.
Buen sábado a todos.


Postdata:

Y ahora que he terminado de escribir la reflexión, ha subido a los 18.9 c. El sol brilla más. Y mi reflexión sobre la humana vejez y el hecho de ser sábado y el deporte que hoy que puedo practicaré y el que veré en la tele y la música que escucho y escucharé a lo largo del día y el cine que veré ya caída la tarde, o ya entrada la noche, y las papas que plantaré mañana domingo en jornada campestre con un grupo de amigos, más los cítricos y jaramagos que recogeremos al final de la jornada, me hacen sentir aún más feliz, reconciliado con la finitud, en expresión cara, creo, a alguien como Javier Renobales, o como Pepe Sala.

Hablando de reconciliación con la finitud: la siguiente pieza musical también me reconcilia con la finitud. Palabra. Les dejo con ella.



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