martes, 1 de julio de 2014

" 'Pastores dabo vobis' "

Alicia Feliciana:

Gracias por referirte a mí, mejor dicho, a un comentario mío en otro hilo de otro artículo de Atrio, de manera tan respetuosa, aunque sea para discrepar. No importa: vivir es amar, discrepar, luchar, emocionarse, entregarse a distintas formas de fe… 

Solo que sabes tú misma que no discrepas de mí, discrepas del magisterio del emérito Benedicto XVI, quien en efecto exhortó en su momento, hace apenas unos pocos años, a que los católicos en política partidista más o menos activa exigiesen a los partidos políticos respeto a una serie de principios no negociables, principios sine que non: no al aborto bajo ningún supuesto, no al reconocimiento legal del matrimonio homosexual, no a la eutanasia, sí al derecho de los padres o tutores a elegir la educación para sus hijos educandos…idem supra

Pues bien: de todos los partidos que se presentaron a las pasadas Elecciones al Parlamento Europeo, las dos únicas fuerzas políticas que en sus respectivos programas se mostraban, se muestran respetuosas con esos principios no negociables enunciados por Benedicto XVI, son Impulso Social (situado hacia la derecha ideológica) y SAIN (Solidaridad y Autogestión Internacionalista, situado hacia la izquierda política, social y económica, por quienes voté yo mismo). El partido PUM+J -al que he estado vinculado, tímidamente vinculado-, es un sí y no con respecto a esos principios no negociables de Benedicto XVI, es decir, como organización no creo que se hayan pronunciado aún sobre esos particulares (el componente cristiano pesa mucho en la organización, es mayoría tal vez, de cristianos con conciencia social, se entiende, no de esos católicos a los que parece que lo único que mola es reivindicar que se celebre la misa tridentina o misa de san Pío V), solo que como aspiran a coaligarse a otras plataformas con más tirón como EQUO, etcétera, en la práctica “incumplen” esos principios. Es más complejo, ya sé, pero viene a ser así.

De todas formas, disculpas, porque el hilo de este artículo es el celibato de los sacerdotes católicos de rito latino. a la luz de la reflexión del teólogo Juan José Tamayo. La doctrina oficial de la Iglesia al respecto, actualizada por san Juan Pablo II en un documento como Pastores dabo vobis, creo que está más en la intención y el corazón del papa Francisco que el lugar que pudiera ocupar en el Papa argentino  la reivindicación del intelectual Juan José Tamayo expresada en su artículo.  No obstante, tanto Alicia Feliciana como Oscar Sepúlveda presentan reflexiones que me parecen interesantes. Y yo destacaría un aspecto sobre el que insiste Alicia Feliciana, acaso más incluso que Óscar Sepúlveda. A saber: aun sin pretenderlo la jerarquía eclesial secularmente, lo que sí ha conseguido con la realidad del clero célibe tal y como también secularmente la hemos conocido en la Iglesia  católica romana hasta la actualidad, es en efecto crear algo así como una casta segregada del común de los mortales, y como situada por encima de los seglares, al margen de las vicisitudes de estos: buscar salir adelante en la vida, buscar curro, mantenerlo, ser operativo y competente en el trabajo, ahorrar si se puede, sacar adelante una familia, con la inmensa responsabilidad y el inmenso esfuerzo no solo económico que esto implica.

Veámoslo con un ejemplo. Hace un par de días cumplió años (nada menos que 98) un obispo español que ya a su avanzada edad debe ser de los más viejos obispos católicos del mundo. Me refiero a monseñor Damián Iguacén, emérito de la Diócesis Nivariense o de Tenerife. Nunca traté al hoy casi centenario Damián Iguacén, aunque a finales del año 1999, en La Laguna, Tenerife, en los últimos años de mis estudios universitarios, gracias a una “carta de presentación” que nos había firmado el titular de nuestra Diócesis de Canarias, que era entonces monseñor Ramón Echarren (”llámame Ramón, tutéame”, dice jocosamente de él el señor Fernández de la Cigoña, ilustre bloguero muy pero que muy leído: Cigoña en el ala derecha de la Iglesia, el emérito Echarren, hijo predilecto de la ciudad de las Palmas de Gran Canaria, más bien escorado hacia la izquierda eclesial), un amigo, compañero de piso y de andanzas militantes y yo tuvimos ocasión de conocer en persona al obispo Damián, en la hermosísima ciudad de La Laguna, Tenerife, patrimonio de la humanidad. Muy cariñoso, afable, sencillo, como de apariencia franciscana (llevaba una sotana que recuerdo como muy raída, desgastada), me alegró el día, al menos a mí, porque yo no solo no hice ninguna clase de gesto de protocolo, o reverencia, nada -no por no querer, sino porque a esa edad de veinte años normalmente de eso no sabes nada, ni casa con el espíritu juvenil universitario-, sino porque fue él en todo momento el que se acercó a mí, me saludó él, me estrechó la mano, yo asombrado, sin hacer nada, y al final hasta me dio un abrazo. Y yo me sentí hasta importante. Y creo que mi amigo también. Y entonces ya pudimos, “con el visto bueno” del obispo nivariense Damián entrar en contacto con grupos católicos de Tenerife, especialmente con comunidades cristianas de base, en las que conocí y algo traté a alguna que otra profesora universitaria feminista católica, o a biblistas de la talla de Juan Barreto, a la sazón profesor de Clásicas en la Universidad de La Laguna…

Vamos, como si hubiese sido uno o alguno de mis abuelos el mismísimo monseñor Iguacén. Y es aquí donde quería llegar, a los abuelos. El casi centenario Damián Iguacen (o Iguacén, con tilde) “se ha desgastado” amando al prójimo. Amando al prójimo en Cristo. Se ha desgastado por Cristo y por su Iglesia. y esto lo han resaltado algunos comentaristas. Vale: no seré yo quien lo niegue, de acuerdo, pero ¿por qué se ha desgastado más en amar al prójimo y en darse a los demás que mi bisabuelo Manuel Cabrera, por ejemplo, al que alcancé a conocer, y que si viviese tendría 132 años? ¿Por qué? Ese bisabuelo mío, al igual que cientos de millones de campesinos solo en la Europa del último siglo y medio, gastó su vida trabajando de sol a sol, seguramente, engendrando hijos y más hijos, mas no merece “homenajes”.

Sin duda debe haber obispos maravillosos, digo como personas, pero el trabajo “de desgaste” de un prelado no tiene nada que ver con la dureza de trabajar la tierra, con la dureza de sacar adelante 8, 10 0 12 bocas… Pero estos no salen en la foto (sí en la entrañable película del italiano Olmi El árbol de los zuecos), no son homenajeados, aunque se gastaran en amar al prójimo, en ser buena gente. Por qué, ¿por qué no fueron célibes sino que fueron tropa, según gustaba de considerar a san José María Escrivá, fundador del Opus Dei: “El matrimonio es el estado para la tropa; la castidad celibataria, para los elegidos de Dios”.

Y nada más. Confío en poder aportar con esta reflexión algunas razones para el debate en Atrio.


1 de julio, 2014. Luis Henríquez Lorenzo: profesor de humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social.
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