sábado, 12 de julio de 2014

"No poca parte de la culpa la tiene el pensamiento débil"

He conocido al menos a media docena de seglares “homosexualmente activos” contratados por obispos, curas o agentes de pastoral diversos para trabajar en sanidad, educación o servicios sociales gestionados por la Iglesia. Pero claro, cuando se trata de aprobar leyes favorables a los intereses de los colectivos homosexuales… Solo que el caso es que yo mismo he conocido esas “irregularidades”, ¿o no son irregularidades?

Igual no lo son. Con la excusa de que no se debe discriminar a las personas de tendencia homosexual, igual en sectores de la Iglesia se ha apostado por la labor “técnica” (docente, sanitaria, social…) de personas seglares de tendencia homosexual activa. E incluso en Argentina, la patria del papa Francisco, se acaba de bendecir, en una parroquia católica, a una pareja homosexual conformada por un travesti y otro homosexual. Vale. Solo que de ser así, ¿cómo quejarse ahora que las leyes “civiles” pretenden garantizar algunos derechos de los colectivos homosexuales?

Algunas voces en la Iglesia siguen lamentando la implantación del llamado pensamiento débil a escala mundial, y empero también en Argentina hace apenas unos años, con la aquiescencia del entonces cardenal Bergoglio, antaño (otrora) primado de la Iglesia católica en Argentina, hogaño Papa, fue recibido por todo lo alto el padre de ese pensamiento, que no es otro que el filósofo italiano Gianni Vattimo: católico por libre o disidente, comunista y gay. Ahí es nada.idem supra


El pensamiento débil, antesala del relativismo y del individualismo de amplias tragaderas, es lo más contrario al pensamiento ortodoxamente católico de un papa de la talla de san Pío X; y conste que lo digo sin pertenencia alguna a organizaciones católicas tradicionalistas que llevan su nombre. Y sin considerarme más de derechas que de izquierdas, mas tampoco especialmente simpatizante de los progres que difunden sus heterodoxias bajo el paraguas de san Juan XXIII. Solo que lo cierto es que se ha ido instalando en la Iglesia ese pensamiento débil; o lo que es lo mismo, esa mundanización eclesial  que es ya una dramática pasada. Más asimismo lo siguiente: denunciar esta realidad es peligroso: ya empiezo a sentirme harto de que me repliquen con que no tengo derecho a juzgar a las personas, porque con denunciar estas cosas al parecer yo estaría juzgando a las personas.

Y si ahondo más en el diagnóstico y añado que las comunidades católicas están saturadas de tibios, de mediocres, de mundanizantes, de meros enchufados, de burócratas antimilitantes, de figurones trepas, de arribistas políticamente correctos, y de antinatalistas que pasan de largo ante la enseñanza oficial de la Iglesia sobre la sexualidad humana, la natalidad y el ideal de la familia cristiana, pues entonces peor que peor: juzgador, odiador, resentido, mal hijo de la Iglesia, cátaro, envidioso, alucinado… Todo esto y más le endilgan a uno.

Palabra que es así. Y como uno no es masoquista aunque lo parezca, cuando resulta juzgado de juzgador, odiador, mal hijo de la Iglesia, cátaro, envidioso y resentido por señalar y criticar todo ese “desorden moral de la Iglesia” actual, confieso que la tentación principal es…

Dicho de otra manera: el derrumbe de la Iglesia es tan colosalmente dramático en nuestros días que yo entiendo perfectamente sobre la actitud y la resolución de las personas que deciden no querer saber nada de esta Iglesia. Y se dan por ello a la tarea principal de buscar ser a tope felices. Solo que si uno tira la toalla, la Apostasía que asola la Iglesia seguirá avanzando imparable: la desoladora Apostasía ya contará con una víctima más, con una victoria suya más.

A decir verdad, cada día me parece ver más claro que si Dios permite todo esto es porque el final está cerca: la parusía...


18 de septiembre, 2014. Luis Henríquez Lorenzo: profesor de humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social. 
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