lunes, 9 de junio de 2014

"Como un cuadro del viejo Chagall..."

Una mujer se ha perdido
conocer el delirio y el polvo,
se ha perdido esta bella locura,
su breve cintura debajo de mí.
Se ha perdido mi forma de amar,
se ha perdido mi huella en su mar.


Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Veo un perro ladrando a la luna
con otra figura que recuerda a mí.
Veo más: veo que no me halló.
Veo más: veo que se perdió.


Una mujer innombrable
huye como una gaviota
y yo rápido seco mis botas,
blasfemo una nota y apago el reloj.
Que me tenga cuidado el amor,
que le puedo cantar su canción.


La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan
a amores, ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.


Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndome al centro del miedo,
y yo, que no soy bueno, me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,

y ahora lloro por verla morir.


"Óleo de una mujer con sombrero", Silvio Rodríguez



“En las fotos en que aparece el papa Francisco arrodillado, siempre aparece una mano suya apoyada en el suelo, más o menos sirviendo de apoyo al Papa.

Así, apoyándose en una de sus manos, amortiguando todo el peso de su cuerpo, el papa Francisco sí puede, no sin gran esfuerzo, permanecer de rodillas. Pero a la vez que puede estar arrodillado en un reclinatorio, no puede hacer genuflexión; por ejemplo, en el momento de la consagración eucarística. En un reclinatorio tienes un apoyo cómodo para las rodillas, el pie al apoyarse en el suelo descarga parte del peso del cuerpo y también puedes apoyar los codos de manera que la rodilla soporte aún menos peso. Cuando haces genuflexión, la rodilla soporta todo tu peso, y si (como esa mano apoyada en el suelo demuestra) el Papa tiene problemas en las rodillas, hacer eso le supone una tortura tremenda. Lo sé porque yo tengo las rodillas un poco 'p’allá' y cuando hago genuflexión siempre apoyo la mano en algo para descargar parte de mi peso y que mi rodilla no sufra tanto”

Esto lo afirma un forista que firma como Chestertenófilo en el blog La cigüeña de la torre.

Por mi parte, considero que si el papa Francisco, que al parecer casi es que no puede hacer la genuflexión en el momento de la consagración eucarística por sus problemas de artrosis y de ciática -y sería esa la razón de la no geneflexión papal, y no su presunto condición de “hereje, masón, apóstata, relativista o mundanizante perofláutico”- si cuando celebra la misa no cree en lo que está celebrando, en los misterios de la fe católica, es que es un hereje y un farsante.

Mas no es nada "fácil" ser hereje. Porque la propia Iglesia siempre ha estimado que hereje es la persona pertinaz en el error doctrinal radicalmente contrario a la fe, y no es hereje la persona que puede equivocarse, y de hecho se equivoca, en una acción concreta, o la que duda sobre algún aspecto de la fe, de la doctrina.

De manera que yo más bien creo o considero que el papa Francisco es un pecador que desea imitar a Cristo, ahora como su Vicario en la Tierra, pero que es consciente de sus limitaciones, de su ser pecador. No creo que sea un farsante impostor. Y por lo que dicen las profecías de la beata alemana Ana K. Emmerich (agustina del siglo XVIII), la visión de esta de un viejo papa decrépito y como apartado y repudiado no parece apuntar a Benedicto XVI sino al papa Francisco: este sí parece coincidir más con esa visión profetizada de la visionaria alemana. De manera que el papa Francisco, cuya elección ha sido canónicamente perfecta, sería desplazado, su condición de sucesor de Pedro suplantada por un antipapa, heraldo ya del Anticristo.

Pero en fin, tiempos recios, tiempos difíciles. Hay católicos que echan en cara al papa Francisco su predilección por esa magistral obra que es la Crucifixión blanca, del artista bielorruso y medio francés Marc Chagall (1887/1985). Marc Chagall, de ascendencia judía, eleva a Cristo crucificado en ese impresionante cuadro a la categoría de única esperanza mesiánica frente al totalitarismo estalinista, y frente al ascenso del nazismo (el cuadro sería en todo caso una crítica fortísima a los dos grandes totalitarismos que conoció Europa durante buena parte del siglo XX: el fascismo-nazismo y el comunismo): Chagall ejecutó esa obra en el año 1938, que es el año de ese suceso de ascenso de la ideología nazi conocido como La noche de los cristales rotos, llevado al cine por el genial cineasta sueco I. Bergman, en una de sus películas empero no más estimadas. E indudablemente, el lienzo es toda una protesta del judío Marc Chagall contra el holocausto judío, contra la Shoah. Chagall pinta a Cristo ataviado con una prenda de vestir judía, y con toda la escenegrofía pictórica de La crucifixión blanca al parecer habría pretendido situar en el centro de la Pasión expiatoria de Cristo al pueblo judío, que aparecería así no como pueblo deicida, sino como pueblo inmolado. Y esto sería, afirman algunos, blasfemo; sería una manipulación talmúdica de la figura de Cristo, de la cristología cristiana. Y por extensión, la "mancha" de esa blasfemia talmúdica contra Cristo salpicaría al propio papa Francisco: este pasaría a ocupar la condición de blasfemo, por preferir un cuadro blasfemo anticristiano.idem supra

Bueno, no sé... Pero lo que sí parece fuera de toda duda es el antisemitismo del integrismo católico, el cismático e incluso el no cismático. Y que estos son en el 100% de los casos devotos de la llamada misa tridentina o misa de san Pío V, en cuya oración de los fieles aún se pide por la "conversión de los pérfidos judíos" (pérfidos precisamente por no aceptar a Cristo, el Mesías). En el nuevo misal del Novus Ordo de Pablo VI (antipapa o hereje, pues para los sedevacantistas y lefebvrianos, desde san Juan XXIII hasta el actual papa Francisco, todos los sucesores de Pedro son herejes, por inspiradores del Concilio Vaticano II, o continuadores-aplicadores del mismo), desaparece esa alusión a los "pérfidos judíos", y ni siquiera se pide por la conversión de estos a la fe cristiana; solo se pide que ellos pèrseveren en su propia fe, que no se deslegitima. O sea, todo esto fruto del clima de apertura o aggiornamiento del Vaticano II, cuyo ecumenismo y apertura al mundo rechazan precisamente los sedevacantistas, los lefebvrianos y los filolefebvrianos católicos, a los que comúnmente se les denomina integristas. Denominación que resulta ofensiva para muchos, digo para muchos de ellos, y de la que yo no abusaré, no usaré siquiera, por más que me incomoda la manera tan sectariamente despectiva con la que se refieren los sedevacantistas, lefebvrianos y filolefebvrianos a los católicos que deseamos perseverar en permanecer, adrede la redundancia, fieles al Papa. Nos llegan a llamar papistas heréticos de la secta conciliar (en alusión al Concilio Vaticano II, que ellos no aceptan), y como resulta que yo jamás me podré tomar una cervecita o una infusión o un cafecito con monseñor Fellay, cabeza visible de la FSSPX (Fraternidad Sacerdotal San Pío X) en un clima fraternal y de tuteo, simplemente no me siento atraído por sus movidas, por más razón que puedan tener en sus reivindicaciones y críticas; me parecen muy conservadores, muy clericales, muy empeñados en poner en práctica esta certeza de san Pío X: "La Iglesia es una sociedad radical y constitutivamente desigual: por una parte el estamento clerical, que pastorea, enseña, ordena y manda; por otro los seglares, que han de obedecer a los pastores". Sin plantear en modo alguno la desobediencia a los pastores, estoy más con la eclesiología del Vaticano II, que concibe a la Iglesia como Pueblo de Dios, si bien estamos en las mismas-volvemos a lo mismo, al punto de partida-: los lefebvrianos, filolefebvrianos, sedevacantistas y demás católicos adscritos a esta sensibilidad eclesial rechazan el Vaticano II, acusando a este de haber traído todos los males a la Iglesia. 

Pero repito -ya para acabar- que no sé, igual tienen razón los que así piensan. A mí, no sé si irresponsablemente o cómo o qué, me basta con gozar de la pintura de Marc Chagall, como de la Modigliani, pongamos -con cuya estética suele asociarse al primero-, sin más quebraderos de cabeza. Solo que me parece una pasada que algunos puedan acusar al papa Francisco de "hereje, apóstata o masón" por este ejecutar gestos como el de no hacer la genuflexión establecida en el momento de la consagración eucarística. O acusarlo de "consentidor de la blasfemia o hasta de blasfemo" directamente por ese gusto que tiene el papa Bergoglio por ese cuadro del viejo Chagall, que cita cantando el magnífico Silvio Rodríguez a quien yo nombraba al inicio de esta reflexión: magnífico como cantautor, como letrista (de los pocos, a mi juicio, que pueden compararse en lengua castellana con el irreverente, bohemio y anticlerical Joaquín Sabina). Magnífico, en definitiva, en su estilo, la canción de autor, con independencia de sus filiaciones ideológicas y políticas, de sus valores y virtudes.

Más allá de la mentalidad ultratradicionalista de sedevacantistas, lefebvrianos y filolefebvrianos, me quedo con mi deseo de creer en Cristo cum Petro et sub Petro, con mi admiración por la obra del genial pintor judío bielorruso y francés Marc Chagall, y de paso vuelvo a tararear (y debe ser la vez 100 que tarareo esa canción) "Öleo de una mujer con sombrero": "Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí" (...).

En definitiva: no seré si vendré a ser yo mismo un mal católico por relativista, y por amigo del ecumenismo y del diálogo interreligioso y aun de poner en práctica una recomendación del mismísimo san Pablo, el Apóstol de los gentiles: "Examínenlo todo, dialoguen con todos, y quédense con todo lo noble, lo justo, lo bueno, lo auténtico que hallen". Pero comoquiera que sea, creo que no podría vivir despreciando a artistas como Silvio Rodríguez, Pedro Guerra, Pablo Milanés, Joaquín Sabina, Luis Almeida, Jorge Drexler, Luis Pastor, el grupo Rojo Cancionero, etcétera, por la razón de ser los tales, y tantas y tantos otros, marxistas, librepensadores, ateos, agnósticos, izquierdistas, anticatólicos... Ni podría despreciar la música pop de un tipo como Elton John, por la condición de homosexual de este: rechazo la práctica de la homosexualidad y todo cuanto tenga que ver con su promoción, por más que la promocionaran y ampararan y trataran de legitimar sacerdotes católicos como el canario independiasta y ya fallecido Paco Bello, o como el también fallecido Don Gallo, este italiano, pero de ahí o por ello a negar el pan y la sal a las personas homosexuales... Así -abundando en este particular-, no soy masón ni falta que me hace, pero nunca me ha temblado el pulso a la hora de escuchar a W. A. Mozart o a Franz List, a Duke Ellington o a Count Basie, o a la hora de leer a Walt Whitman o a José Martí, o a la hora de admirar a hombres de la talla de Abraham Lincoln... 


10 de junio, 2014. Luis Henríquez Lorenzo: profesor de humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social.       
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