miércoles, 20 de febrero de 2013

"Fiel a la Iglesia católica, pese a todo: pese a mis tentaciones y pecados, pese a los de la propia Iglesia (XXXV)"


kanario XVI

Me quiero imaginar qué pensarán de este bello poema del obispo Pedro Casaldáliga (me refiero al que comienza así: "Deja la curia, Pedro [...]") los seguidores de M. Lefebvre...



Frente a una Iglesia "voz de los sin voz", en diálogo creativo con la modernidad, con la cultura, con los avances científicos, lo que me parece entender de la propuesta de los tradicionalistas de Marcel Lefebvre ("ultrarreaccionarios y medio fascistoides" los llaman muchos progresistas católicos, que a su vez se caracterizan por oponerse, más o menos sistemáticamente, a la doctrina del Magisterio) es la reivindicación de una Iglesia católica imperial, atesoradora de la verdad absoluta, enemistada de la modernidad, enemistada de los regímenes democráticos, negada al diálogo ecuménico e interreligioso, amiga de los regímenes dictatoriales de derechas (Franco, Videla, Pinochet, J.M. Lepen...), conservadora sin fisuras en todo (en lo social, lo político, lo económico, lo cultural...)...

Si es cierto lo que creo aprehender de los seguidores del francés M. Lefebvre (si no, me sabrán perdonar los seguidores del cismático arzobispo francés), no consigo entender qué lugar en un mundo tan plural, en el que tratan de coexistir pacíficamente cientos de religiones, agnosticismos, ateísmos, ideologías de todo pelaje, y asimismo innúmeros hombres y mujeres de buena voluntad con indepedencia de su credo religioso o ideología -y al tiempo lleno de injusticias: hambre, paro, esclavitud infantil, explotación del hombre por el hombre...-, puede tener esta movida ultraclerical de derechas.


Postdata o guinda (a modo de testimonio personal):

Hace no tanto tiempo tuve ocasión de conocer a un grupo de personas simpatizantes de las movidas de M. Lefebre, entre ellas, varios sacerdotes. La percepción que siempre tuve, que tuve en todo momento, fue la de encontrarme ante personas completamente cerradas a la empatía y al diálogo con el diferente, con el que, en el ejercicio de su libertad, osaba pensar, sentir, creer o hasta amar distinto al depósito doctrinal tradicionalista. Me parece recordar que prácticamente todos los que conocí simpatizantes de esa corriente eclesial habían participado en las misas en honor de Franco y de José Antonio Primo de Rivera... y estoy seguro de que algunos de ellos aún siguen participando, cada 20 de noviembre.

Sacerdotes rigurosamente de hábito talar (uno de ellos incluso, joven, con sotana que me pareció hasta más negra de lo normal, maletín negro, zapatos muy caros negros, todo de negro, como la muerte con guadaña y todo personificada en esa obra maestra absoluta que es El séptimo sello, del sueco I. Bergman), a los que uno no se imagina participando en una manifestación solidaria "llena" de laicistas (feministas, ateos, agnósticos, progres, librepensadores, comunistas, anarquistas...), almorzando en un bar de trabajadores, plantando papas un fin de semana, echando unos lances en espera de que algún sargo, alguna salema...

Es gente que me pareció increíblemente conservadora; y que en general, me pareció más preocupada por reivindicar que por fin el obispo tal o cual usara guantes para celebrar la Eucaristía (manípulo creo que se llama ese artilugio), que en reivindicar la justicia social, por ejemplo, el sindicalismo militante, las medidas sociales contra el paro y la exclusión social, o una escuela pública gratuita y de calidad...

Dios bendiga y guarde a toda esa gente tradicionalista católica, benemérita sin duda en algunas de sus formulaciones y reivindicaciones, solo que yo, que tampoco soy propiamente un cristiano progresista (al parecer, por estar en contra del aborto, de la legitimidad de las relaciones homosexuales, del divorcio, etcétera), no me sentí en ningún momento ni cómodo ni identificado con esas movidas ultraconservadoras católicas.

Doramas de Luis, febrero, 2013.






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