domingo, 3 de febrero de 2013

"Si el mundo no es absurdo, mucho lo parece"


Muy lúcido el análisis del teólogo José María Castillo. Gracias además por traerlo a Atrio.
 
En efecto, la corrupción de la llamada clase o casta política no parece conocer apenas límites, en España; con todas las excepciones que se quieran aducir, ciertamente. De modo que no voy a discutir las verdades que plantea José María Castillo en su breve y atinado artículo, sino que me interesa, a la luz que arroja el citado escrito, plantear una pregunta por el sentido de la existencia humana, por lo que tradicionalmente llamamos el sentido de la vida, teniendo para tal empresa muy en cuenta el altísimo nivel de injusticia que impera en este mundo, el altísimo nivel de absurdos existenciales que existen en la relación con los demás, en las instituciones creadas por las personas…
 
Dicho de otra manera, considero que más directa: el mundo es tan injusto y tan aparentemente absurdo (verbigracia: “triunfan” en lo económico los tramposos, los políticos corruptos, los banqueros con cuentas en paraísos fiscales, en tanto sufren la crisis los pobres, los desempleados, los desahuciados, los inmigrantes… hasta situaciones realmente dramáticas, situaciones límite, trágicas: casos de suicidio por desahucio, personas que se quedan sin un céntimo, en la calle, sin hogar...) que estoy muy tentado de darle la razón a un filósofo como Arthur Schopenhauer: más allá del idealismo kantiano, está uno tentado a afirmar con el viejo filósofo pesimista y misántropo que, en efecto, la vida terrenal (la única que conocemos) es mero fenómeno y mera manifestación de la cosa en sí, entendiendo por este último concepto el hecho de percibir el mundo como voluntad, esto es, como fuerza ciega, irracional, absurda e insondable que lo gobierna todo y que a su vez es el origen de todo.


Por la luz bendita que me alumbra, en esta mañana de domingo en que, luego de comprar pan de leña, me permití un buen pateo deportivo de por lo menos una hora por las calles deshabitadas en domingo de la pequeñita ciudad en que resido, que lo pienso a menudo: este mundo es insoportablemente absurdo, como intuía Schopenhauer.


Un ejemplo ilustrativo (de entre miles y miles que se podrían citar): la cúpula del Partido Popular está pringada o cagada hasta la médula, hasta los huesos, de corruptelas: Gürtel, Bárcenas… Un político como el canario José Manuel Soria, flamante ministro en el actual gabinete de Rajoy, fue en Canarias uno de los principales enemigos de la solidaridad y de los movimientos sociales, aparte de ser, obviamente, uno de los políticos más secuaces por maquiavélicos servidores de los intereses de la burguesía y del gran capital. Empero ahí está, tan flamante él. Al servicio de los intereses de su partido, es decir, al servicio de los intereses de una mayoría de corruptos, burócratas y desalmados cuyos tentáculos llegan a la propia Iglesia católica: conozco varios casos de docentes de Religión católica en la escuela pública que son a la vez miembros del PP -en tanto a un servidor que estas líneas escribe, los muy hipócritas eclesiásticos de turno han tratado de putear, ningunear, obviar, humillar...-. 

Con lo cual, la conciencia militante de esos tales y cuales está garantizada, me supongo, o parece ser, a la hora de enseñar esa asignatura confesional al alumnado de la escuela pública que opta por elegirla… Y de paso la de la Iglesia católica en general (la conciencia y promoción militante de esta), que al estar tan necesitada de esa clase de compromiso, desde luego ha de agradecer esos tan luminosos testimonios de espiritualidad de conversión... Pero no, bromas e ironías aparte, el día a día de la Iglesia católica en España significa una abundancia abrumadora de burocratismo antimilitante y a menudo nepotista, contra el cual poco se puede hacer en verdad, pues la sola denuncia del mismo te lleva a ser más difamado y ninguneado, ignorantado, que diría el escritor canario Víctor Ramírez.
 
Mientras en España crecen como hongos los parados, los desahuciados, los desesperados, los tristes y deprimidos por causa de la crisis, en definitiva, los empobrecidos, no pocos dirigentes del Partido Popular se van de rositas cagándose las manos, los bolsillos y las conciencias a base de corruptelas -porque la pela es la pela, la ambición…-, y, llegado el caso, se defienden unos a otros, se ocultan unos a otros, se protegen unos a otros, incluso recurriendo a declaraciones estúpidas como las últimas del presidente Rajoy: “Estoy dispuesto a facilitar toda clase de documentos de mis ingresos, de mis declaraciones de la renta”… como si no fuese cierto que el dinero negro no se declara: Fulano o Mengana pueden ganar “legalmente” 20.000 euros al año, pongamos, que es lo que han de declarar al fisco, pero "ilegalmente" pueden ganar el doble, el triple, el cruádruple... sin que nadie se entere. Y aquí paz y en el cielo gloria.
 
De modo que por todo ello y por miles de ejemplos más, una de mis grandes tentaciones es darle la razón al viejo pesimista y solitario Schopenhauer… si no fuera porque, pese a todo, creo en la promesa del Dios de Jesucristo: frente al cúmulo da absurdos y de injusticias de este mundo, el mal no tendrá la última palabra, sino el bien. Y porque también, desde una perspectiva meramente laica, desde las claves del positivismo ético si se quiere, creo que es posible la honestidad política, el compromiso solidario, la pasión por los débiles.
 
Así que pese a los absurdos e injusticias de este mundo, me despido desde la esperanza de que el mal no sea la última palabra en este mundo.

Luis A. Henríquez Lorenzo

Febrero, 2013.




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