martes, 12 de febrero de 2013

"El Papa que viene"



Oportuna o inoportuna la dimisión del Papa (acertada o no, beneficiosa o no para el devenir de la Iglesia universal), lo cierto es que su talla intelectual, espiritual y su calidad humana parecen indudables; tanto, empero, como la extrañeza con la que el mundo (amplios sectores de este) sigue percibiendo la realidad actual del papado: un señor que concentra todos los poderes en su persona, que representa a Jesús de Nazaret (judío marginal de su tiempo, pobre, enfrentado al poder, modesto en sus posesiones hasta el extremo de no tener ni dónde reclinar la cabeza…) siendo Jefe de Estado…
 
A mí me parece percibir que no hay mala voluntad dañina en mucha gente que no entiende cómo puede ser esto así, sino que sencillamente lo que ocurre es que no consiguen empatar o conciliar el modus vivendi de Jesús de Nazaret, a quien el cristianismo confiesa como el Cristo, el Señor, con la forma de vida y aun el pensamiento de la cúpula jerárquica. Esto es: no son capaces de apreciar o comprender el porqué se ha dado ese traslado, ese cambio, esa auténtica transformación en la vida de la Iglesia universal, en la estructura organizativa de la Iglesia: de la inicial comunidad fraterna de iguales, horizontalista, antisistema, a la estructura actual jerárquica, o sea, piramidalista, radicalmente centralizada y clerical.
 
En el corazón de los papas (de este que se va y del que venga, quienquiera que sea), no dudo que puede anidar el Jesús del pesebre, el Jesús de los pobres, hambrientos y necesitados, el Jesús perseguido y ajusticiado por el poder civil romano con la connivencia del sumo poder religioso judío (el del Templo, el de los saduceos, los jerarcas religiosos de entonces, no el del pueblo llano); sin embargo, en la práctica eclesial, diplomática y hasta política, el sucesor de Pedro es Jefe de Estado: honores y privilegios propios de esa condición que mucha gente sigue percibiendo como incompatibles con el ideario del Evangelio.
 
Hoy por hoy, los medios de comunicación informan sobre el comienzo de las intrigas curiales vaticanescas de cara a la elección del sucesor de Benedicto XVI. Y de nuevo la extrañeza de mucha gente, mucha de ella de muy buena voluntad: ¿Qué tiene que ver todo ese afán de poder con la persona de Jesús de Nazaret, aquel judío que hace 2.000 años vivía con lo puesto de su condición de predicador ambulante, consolando y curando a toda clase de menesterosos, y comiendo y bebiendo con gentes de muy dudosa reputación, publicanos y prostitutas incluidos, hasta el extremo de acabar muriendo como murió porque vivió como vivió y aun comió con los que comió…? Y una vez más lo dicho: mucha gente de nuestro tiempo no es que tenga inquina contra la Iglesia católica, es que no entiende cómo de aquello se ha pasado a esto.
 
Recuerdo en estos momentos la gracia (o sorna) con la que un oficial de albañil al que yo serví como peón hace unos años, durante un semestre (antes había estado cuatro meses de chófer en la economía sumergida llevando a vendedores ambulantes negros africanos, de mercadillo en mercadillo), cerradas en mis narices todas las puertas de la Iglesia católicas a las que había tocado insistentemente pidiendo ayuda (al obispo de turno, a muchos obispos, a vicarios, a colegios católicos -a lo que no está escrito-, luego de haber incluso renunciado a mi trabajo por entrar al Seminario, etcétera): “Y piensa, pollillo (canarismo), que empezaron con una burra [en clara referencia a la entrada de Jesús en Jerusalén montado en una burra prestada], y hoy tienen el Vaticano”…
 
Como a pesar de que no soy ni siquiera monárquico -ni creo en aristocracias de ninguna clase: entre los aristócratas que más admiro figuran el príncipe P. Kropotkin y el conde León Tolstoi- y a pesar de todo lo que me han jodido mi vida y trastocado todos mis planes los hipócritas eclesiásticos que han pasado de mí dándome con la puerta en las mismísimas narices, deseo que el nuevo sucesor de Pedro estimule la fe de la Iglesia universal, la fortalezca, la reanime. Porque lo que es en Occidente, está agónica. Y agónica, no solo por culpa de la increencia motivada por los modernos movimientos de secularización de la sociedad, sino por el pésimo testimonio de tantos católicos; incluido el mío, aunque en mi caso al menos no desde el poder, sino a lo más desde mi condición de puteado-ninguneado por la hipocresía eclesiástica.



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