miércoles, 13 de febrero de 2013

"Divagaciones en ceniza"








Al atardecer de la vida, me examinarán del amor...


San Juan de la Cruz




Virginia W.:


Aunque no te diriges a mí, me gustaría hacer algunos comentarios confío en que respetuosos, al calor o a la luz de este hilo en general y de tus comentarios en particular; y más en particular, en relación con tu controversia con Javier Renobales. Ni que decir que tienes derecho a discrepar de él, como él lo tiene a discrepar de tus ideas, de las mías, y a su vez yo de las de él… y de las de cualquiera. Esta es una verdad del tipo comúnmente llamado verdades de Perogrullo.


Veamos. Yo creo que el papa Benedicto XVI es una buena persona: esforzado en ser buen discípulo de Jesús de Nazaret, servidor de la Iglesia universal, excelente teólogo, hombre espiritual, referencia moral mundial. Pecador, como somos todas las personas, se ha equivocado, ha cometido pecados personales que han podido influir, por el alcance mismo de su ministerio petrino, en la vida de miles, de millones de personas. De ahí su gran responsabilidad ante Dios, porque según sean en abundancia los talentos que Dios da, será la exigencia del juicio de Dios para con esa persona (cfr. Mt 25, 14-30), por más que ciertamente de Dios esperamos, en la hora postrera de la vida, sobre todo misericordia entrañable.


Con todo, confieso que al menos a mí el papa Benedicto XVI siendo Jefe de Estado no me remite a Jesús de Nazaret (al menos a mí; creo que igual resulta para cientos de millones de personas más, repartidas por el mundo entero), sino todo lo contrario. La curia vaticana (en la que habrá sin duda católicos excelentes cuyas vidas o trayectorias no me compete juzgar a mí), con sus seculares intrigas de poder, corrupción, encubrimiento de negocios sucios, pederastia, nepotismo, etcétera, tampoco me remite a Jesús de Nazaret: al modus vivendi de este, al mensaje de amor, fraternidad, libertad, igualdad y solidaridad del rabí de Galilea.


Todo lo anterior, es decir, mis críticas o reservas a aspectos del funcionamiento de la Iglesia actual, las digo con miedo, con bastante miedo, porque siento que cada vez que las digo reaparece esa suerte de fantasma que me han introyectado durante muchos años: ”Hay que amar a la Iglesia, hay que respetar reverencialmente a los pastores de la Iglesia, el seglar debe obedecer a los pastores devotamente, el Papa es el representante de Cristo en la tierra, y por ello merece completa reverencia”…


Hasta tal extremo, insisto, de que, ya digo, me cuesta emitir públicamente opiniones que pueden ser estimadas como desafectas hacia los obispos, hacia el Papa. Por ejemplo: yo creo que Juan Pablo II, que será santo en breve siendo ya beato, no fue lo suficientemente caritativo y transparente en el asunto asqueroso de la pederastia perpetrada por cientos de eclesiásticos contra miles y miles de personas, muchas de las cuales han quedado con sus vidas afectadas o destrozadas para siempre. Lo creo completamente, de verdad. Y me cuesta decirlo, ya he confesado que porque siempre que lo digo reaparece esa suerte de temor a ofender a la autoridad eclesial que se me ha introyectado durante lustros de educación y catequesis católica.


Incluso teniendo en cuenta que a mí personalmente sí que me han jodido bien la vida algunos eclesiásticos católicos hipócritas, especialmente de mi diócesis de origen (confesiones que, en el colmo de la rabia y del hartazgo, no he dudado en hacer públicas en Atrio, aun a riesgo de aburrir al personal), me siento “como mal" al hacerlas, porque -repito por tercera vez-, reaparece ese temor, esa suerte de fantasma raro y culpabilizador. (A este respecto, en el sagaz manejo de los sentimientos de culpa muchos eclesiásticos son consumados maestros. Esos castrantes sentimientos de culpa en mi caso particular tienen que ver con una cierta visión de la sexualidad que aún persiste en mí, la cual se debe, repito -en esto también cuento con el asesoramiento de ciertos psicólogos con los que me he tratado en distintos momentos de mi vida- a ciertos énfasis dañinos de la educación católica recibida.)


Y es en todo este asunto donde entra el forista Javier Renobales. Con este he polemizado, casi desde de que empecé a aparecer por Atrio, hace algunos años, pero tengo la percepción de que, aunque discrepo de bastantes de sus opiniones, cada vez discrepo menos, entre otras razones por esta: porque reconozco que al menos Javier Renobales no tiene pelos en la lengua a la hora de criticar todo lo que en la Iglesia católica le parece abusivo, injusto, manipulador de las conciencias, opresivo, hipócrita, interesado…


Dicho más claramente: más de una vez me gustaría opinar como opina Javier sobre la Iglesia católica, sobre la manipulación que ese pensamiento mágico ha perpetrado contra la conciencia de cientos de millones de personas a lo largo de los siglos, etcétera, y sin embargo no me atrevo. Lo repito: no siempre coincido con Javier Renobales, a veces incluso discreparía abiertamente de sus tesis, pero en otras ocasiones considero que es muy valiente en lo que dice, y que se “moja”.


Virginia W. (disculpen de nuevo los foristas de Atrio por revelar cosas de mi vida, de mi intimidad): yo tengo una carrera universitaria completa otras dos carreras bastante avanzadas, experiencia como profesor en Secundaria, siete libros publicados, cientos de artículos publicados en prensa e Internet, experiencia en el trabajo con marginados (centros de menores, etcétera), hace 25 años que cultivo una espiritualidad de conversión o militante en fidelidad al Magisterio, renuncié en su momento a mi trabajo por idealista, ingenuo y jilipollas (al entrar al Seminario Diocesano de Canarias), y cuando he necesitado una ayuda, al haberme quedado sin un céntimo, sin trabajo, autoexcluido de las listas, los hipócritas eclesiásticos de mi diócesis de origen, como el levita y el sacerdote de la parábola del buen samaritano, viéndome apaleado en el margen del camino han pasado de mí; e incluso si pudieran, no dudo que me machacaran aún más. (Y mientras esto me han hecho a mí, ingenuo de mí, sí consienten que toda suerte de arribistas se arrimen a la Iglesia y se atrincheren en ella principalmente para así preservar sus intereses individuales, partidistas, de clan, profesionales, económicos.)


De modo que siendo absolutamente consciente de que esto que me ha pasado por culpa de ellos es tan verdad como un dogma de fe (y existencialmente, para mí es más verdad incluso si cabe, pues es mi sangrante verdad), ¿cómo no estimar las críticas que Javier Renobales (y Pepe Sala, Pepe Blanco, Ana Rodrigo y un largo etcétera de foristas de Atrio) lanza contra la Iglesia católica si yo mismo creo haber sufrido en mis carnes, en mi espíritu, en mi experiencia, la dañina hipocresía católica a la que tanto fustiga el abogado Renobales?


Ciertamente, vamos a suponer que yo no dude de la grandeza personal, moral, espiritual y hasta simpática de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI -pongamos, es un suponer-, pero sí que me gustaría poder seguir replicando con afirmaciones como la siguiente: la Iglesia que tú aún pastoreas, papa Benedicto, siervo de los siervos de Dios, a menudo es insoportablemente hipócrita e insoportablemente dañina. Y para esto, Virginia W., creo contar con el testimonio de personas como Javier Renobales, con cuyas opiniones, como ya he reconocido varias veces en este mismo comentario, no siempre coincido y, a veces incluso, discrepo abiertamente.


Saludos, buen día.




Postdata o guinda: para meditar, les dejo con este sonetillo, de mi libro Como árbol plantado junto al río (Publicaciones del Excelentísimo Ayuntamiento de Arucas, Gran Canaria, 2001).















                      
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      Por causa de tu causa me destrozo...

                   Pedro Casaldáliga

La causa de los pobres haga mía
sobre este verbo reivindicativo:
por los pobres me quiera subversivo...
¡Qué importa si soy frágil! Si me guía

el norte del gran Norte hacia el abismo

del ser y la esperanza: hacia la nada...
Por los pobres reduzca la alambrada
del silencio culpable: mi egoísmo...

Que por más que me asusto Tú a mi lado

me empujas hacia el Sur, la causa Tuya,
inmerecido yo y reorientado

el barco de mi vida a que confluya

con tu cauce feliz, Resucitado,
que mi causa se quiere causa Tuya...
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