lunes, 5 de agosto de 2013

"Por el kaos a Xristo (X)"


Por mi parte, desde el temor y el temblor y desde la perplejidad que incluye la falta de certeza plena sobre lo que afirmaré, sostengo que el Concilio Vaticano II interpretado en su integridad, esto es, como un concilio no rupturista de la Tradición sino como actualizador de esa Tradición viva de la Iglesia sancionada por el Magisterio, no es el culpable de la evidente debacle actual de la Iglesia católica.

Culpable puedo ser yo, en la medida en que soy falible y pecador necesitado de la gracia y de la misericordia de Dios, pero sobre todo culpables son todos los secularistas que se han apropiado de la Iglesia. Culpables son todas las órdenes religiosas que, por "dialogar con el mundo", dan amparo a secularistas y promotores de la moral más contraria al Evangelio y la Tradición. Culpables son especialmente todos los seglares que en lo profesional viven gracias a la Iglesia, y luego retuercen su doctrina según les convenga.

O lo que es lo mismo: un Concilio Vaticano II bien asimilado, en letra y espíritu, como acontecimiento eclesial en "mermenéutica de la continuidad" no rupturista con la Tradición, no justificaría en modo alguno la actual proliferación eclesial de pelotas, trepas, arribistas, mediocres, mundanizantes, antinatalistas (muchos de estos, "enchufados" en la escuela católica, en facultades teológicas, en centros confesionales...), burócratas, antimilitantes, figurones y meros enchufados que muy poco o nada arriesgan en el camino de la fe.

Tanto que se habla de que "el Vaticano II está aún por estrenar", y resulta que la Iglesia como casa "sin barrer". Es lo que hay: pareciera que las fuerzas mundanas han sepultado la sal del Evangelio y la razón misma de ser de la Iglesia.


Pero no: la salud "salvífica" de la Iglesia (sacramento de salvación para la humanidad) es garante por sí misma de la autenticidad de la Iglesia. O dicho de otro modo: si la Iglesia en efecto queda definitivamente destrozada-vencida por los poderes de este mundo, entonces es que la promesa de Jesús Esposo a sus primeros discípulos (esto es, a la Iglesia misma naciente y Esposa), de estar con ellos en el Espíritu hasta el final de los tiempos, se demostraría gran mentira. Y creemos que no.
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