domingo, 17 de agosto de 2014

"Un apunte sobre Ernesto Cardenal"

Con todo, prefiero la actitud de Ernesto Cardenal.


Suspendido a divinis también como hasta hace unos días Miguel D'Escoto, sigue arremetiendo contra Pío XII, contra san Juan Pablo II y contra el emérito Benedicto XVI, pero ha declarado que no tiene en mente pedir al papa Francisco que le levante la suspensión a divinis que le impuso Juan Pablo II, entre otras razones porque, confiesa el poeta nicaragüense, su forma de ejercer el ministerio ordenado va más allá de administrar sacramentos.


(Me figuro que Ernesto Cardenal tendrá muy mal concepto de papas como Pío IX o como san Pío X, que es el preferido, este último, de los grupos católicos más tradicionalistas, y aun cismáticos: lefebvristas... Y tendrá mejor concepto de papas tenidos por más progresistas como san Juan XXIII, el primer Pablo VI, que ya es beato, el fugaz siervo de Dios Juan Pablo I, o ahora el papa Francisco, por quien ha mostrado sus simpatías, al tiempo que también muestras las suyas, es decir, sus enormes antipatías hacia el papa Francisco, los grupos católicos más tradicionalistas, sedevacantistas y lefebvrianos incluidos, que no conciben cómo en la Iglesia universal ha podido haber un san Pío V, un Pío IX, un san Pío X, un Pío XII, y ahora un desastroso papa Francisco. Yo por mi parte, católico mediocre, falible, pecador, pero esforzado en no serlo tanto, deseo creer cum Petro et sub Petro, sin que ello implique o signifique canonizar todo lo que el papa de turno hace, propone, preside, dice, piensa, corrobora, condena, escribe, prefiere, amonesta, aplaude... Vagamente recuerdo en mi más tierna infancia a Pablo VI, Sumo Pontífice en una época en que el Vicario de Cristo ya viajaba, sí, en viajes apostólicos, pero ni punto de comparación con lo que viajan hoy a partir de san Juan Pablo II, y ni punto de comparación con la difusión que del día día de los papas facilitan y proponen los medios de comunicación. Ya conocí más a san Juan Pablo II, e incluso durante años mantuve la ilusión de que el Papa polaco me miró una vez y me saludó de manera personalizada, cuando pasó en coche marca Mercedes, me parece, cerquita de donde yo me estaba comiendo algo, me parece recordar, en algún momento del Primer Encuentro Mundial Juvenil con el Papa celebrado en Santiago de Compostela, España, verano de 1989. Y tras ese visto y no visto que fue Juan Pablo I, el emérito Benedicto XVI, y ahora el papa Francisco. Y desde luego, nunca he hecho mucho conflicto personal con especulaciones sobre si san Juan Pablo II fue reaccionario frente al primer Pablo VI culminador del Concilio, o si san Juan XXIII fue superprogresista frente al muy regresista Benedicto XVI: diferenciados en formación, acentos de espiritualidad, experiencia pastoral, altura intelectual, etcétera, he buscado siempre el fondo común -depositum fidei- que debe conciliar al muy católico san Pío X con el muy ecuménico papa Francisco... Es decir: yo acepto por igual al Pablo VI de la Populorum Progresio que al Pablo VI de la Humanae Vitae; la progresía católica o dizque católica, sin embargo, acepta el primer documento papal, mas rechaza el segundo. De manera que cuando he creído estar en el deber de discrepar de algo dicho, escrito, propuesto, aprobado, aplaudido, presidido, exhortado, estimulado o hasta insinuado por algún obispo de Roma, he procurado hacerlo desde el respeto y el cariño filial a quien es, por decisión del mismísimo Jesucristo, la autoridad espiritual más elevada que hay sobre la faz de la Tierra: el dulce Cristo en la tierra, el siervo de los siervos de Dios... ).



Volviendo con Ernesto Cardenal, conozco algo su obra, especialmente su poesía, pero también me he leído sus memorias, publicadas en tres volúmenes: Vida perdida (Barcelona, Seix Barral, 1999), Las ínsulas extrañas (Madrid, Trotta, 2002), La revolución perdida (Madrid, Trotta, 2004). Lectura gozosa (descubrí que los modismos idiomáticos del español nicaragüense me gustan) que en ningún momento me hizo sentir que yo pecaba por leer a un sacerdote católico heterodoxo enfrentado a Roma, marxista más o menos recalcitrante y revolucionario sandinista y místico tras las huellas de Thomas Merton; no, tras las huellas de Cristo a través del testimonio de Thomas Merton, autor a quien también he leído con gozo y alegría.


Descreo del marxismo, y mucho más de su aplicación práctica comunista que tanto sufrimiento, dolor, pobreza, hambre, desolación, muerte y falta de respeto a las libertades humanas ha traído por dondequiera que ha pasado. Pero no descreo de dialogar con autores que en diferentes ámbitos de la cultura se han dejado influir por las ideas marxistas: Walter Benjamin, Louis Althusser, Rosa Luxemburgo, Michelangello Antonioni, Juan Antonio Bardem, Bertolt Brecht... Y sobre todo no me considero juez de Ernesto Cardenal: su larga vida, ya casi nonagenaria (no pocos de sus amigos, amigas y correligionarios han ido muriendo en luchas más o menos revolucionarias a lo largo y ancho de los últimos setenta años), es sombra y luz, trigo y cizaña, pecado y virtud, mérito y demérito, acierto y error, verdad y mentira. 


Todo lo cual he tenido ocasión de conocerlo de primera mano a través de la lectura de las tres obras citadas, que son las memorias de un singular sacerdote y revolucionario.


21 de agosto, 2014. Luis Henríquez Lorenzo: profesor de humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social.  

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