miércoles, 24 de septiembre de 2014

"La sombra alargada del cardenal C. M. Martini (II)"


En la Diócesis de Canarias, durante lustros operó con toda normalidad eclesial -o eso parecía- el llamado cura de los homosexuales. Dicen que los trapos sucios deben lavarse en casa, pero yo nunca supe qué paños sucios lavó en la Iglesia el sacerdote católico al que me estoy refiriendo, salvo que un hecho sí que me pareció muy claro: su apuesta por normalizar y legitimar en la sociedad y en la Iglesia la visión de la homosexualidad quedaba siempre en primer lugar, saliera el sol por donde saliera o dijera la doctrina de la Iglesia lo que dijera: era su palabra, su apuesta, la de él, a favor de las reivindicaciones de los colectivos de personas homosexuales.

El llamado cura de los homosexuales, sí, que operó con todo normalidad en su quehacer pastoral diocesano. O sea, que no es que además de sacerdote católico fuera médico facultativo preocupado por sanar la homosexualidad; no, Paco Bello -que Dios tenga en la gloria, que en paz descanse- lo que quería no era sino que las personas homosexuales vivieran con toda normalidad, extraeclesial e intraeclesial, su homosexualidad. Hasta el extremo de que le dieron un premio, el Premio Arco Iris me parece que se llama, por su encendida defensa de los derechos de las personas homosexuales. Él, convencido de que seguía el discipulado de Jesús de Nazaret haciendo lo que hacía, izaba a veces la bandera del orgullo gay y la dejaba así izada en el campanario de una pequeña iglesia en la que estuvo de párroco una partida de años.

Una vez, una noche por la playa y luego de haber leído yo unos versos de mi autoría en el marco de un recital poético o similar, me dijo que yo le parecía un poeta místico. Excesivo: ¿Mereceré al menos el calificativo de poeta, simplemente? Pero algún presentimiento me hizo maliciar que en realidad él deseaba decirme otra cosa. Y en efecto: alguien le debió haber soplado que yo a algunas de sus feligresas les había hecho llegar mi disconformidad con sus movidas de activo apoyo a las reivindicaciones de los colectivos homosexuales, por ser contrarias a la doctrina de la Iglesia al respecto. Simplemente como una opinión de un simple católico de a pie.

Qué triste, ahora que echo la vista atrás. El "bueno" de aquel cura independista, izquierdista, antiautoritario, superprogre entre los progres y amigo de los colectivos de homosexuales pretendió la cuadratura del círculo con las explicaciones-justificaciones que me intentó dar. Y yo, que me di cuenta del disparate teológico y pastoral y eclesial y etcétera que eran sus explicaciones, de nuevo me "arredré" ante la autoridad de alguien que supuestamente debía saber más que yo y que, empero, no mostraba sino una colosal ignorancia al argumentar como argumentaba.

Pero es que en Italia hubo hasta hace poco un tal Don Gallo, cura "partisano" completamente identificado con las reivindicaciones de las personas homosexuales. Y está también De Paolis, ya muy mayor, quien, a sus 93 tacos se muestra como un incombustible paladín de la homosexualidad. Y en Francia, y luego en el "destierro", hubo el obispo de los homosexuales, el obispo Galliot (aquel de "una Iglesia que no sirve no sirve para nada"). Y antes del papa Francisco, casi como si un "Juan Bautista" del Papa actual hubiese sido, hubo un eminente cardenal y reputado biblista llamado Carlo María Martini quien, jesuita como el Papa actual, en alguno de sus últimos libros-entrevista, conversacionales y confidenciales, confesó esto: "Tengo amigos gays. Buena gente. No me siento capacitado para juzgarlos". (Y es como si la sombra del cardenal Martini, a quien muchos en la Iglesia soñaron como Papa, buque insignia de los progresistas moderados, se prolongase ahora en la figura de su hermano de religión el papa Francisco: "Si una persona gay es sincera y busca a Dios, ¿quién soy yo para juzgarla?"...).

Y ahora tenemos el caso de ese cura argentino que "bendijo" hace unas pocas semanas, en una parroquia argentina no precisamente arrabalera, el amor de una pareja formada por dos personas homosexuales. En una ceremonia que no fue justamente un sacramento, pero sí un sacramental: por la forma, por el sitio, por la intención del cura oficiante, por la propia expectativa de la gente o feligresía congregada. Y tenemos un blog como Wanderer, también argentino y me malicio que, amén de muy bien escrito, muy bien informado sobre la realidad de la Iglesia, simpatizante del lefebvrismo, poniendo el grito en el cielo ante un sacrilegio como este perpetrado en la patria natal del papa Francisco. (Me malicio que es simpatizante del lefebvrismo por lo siguiente: solo un progre recalcitrante o un simpatizante del lefebvrismo pueden decir del papado de san Juan Pablo II que fue un "muy triste papado". El bloguero de Wanderer está en las antípodas de lo que dice o diga Juan José Tamayo, que es ultraprogre recalcitrante -y los que dominan estos asuntos teológicos, afirman incluso que no es católico sino arriano, de doctrinas cristológicas arrianas: negación de la divinidad de Cristo, más o menos según las tesis del heresiarca Arrio-. De modo que si Tamayo lanza contra el papa san Juan Pablo II su majadera y habitual artillería demoledora y falsa empeñada en acusar al magno papa polaco de haber traicionado el Concilio, solo un simpatizante del lefebvrismo puede en efecto coincidir en el diagnóstico ultraprogre de Tamayo, pero por razones o vías completamente distintas. A saber: el pontificado de san Juan Pablo II el Magno habría sido "un triste pontificado" pòrque en él tuvo lugar, concretamente a principios de la década de los ochenta, la excomunión de Marcel Lefebvre, el muy tradicionalista arzobispo francés , a quien algunas voces católicas  califican de integrista, y a todos los suyos, monseñor Fellay incluido, contra el que a a su vez los más lefebvristas arremeten, porque consideran que se está bajando los pantalones ante las autoridades doctrinales católicas romanas en plena época eclesial de sede vacante en Roma. Y claro, hay lefebvristas que no perdonan a san Juan Pablo II que diera ese paso de excomulgar al arzobispo francés, por contumaz negador o conculcador del Concilio Vaticano II -especialmente por lo que toca a su reforma litúrgica, con el consiguiente abandono de la misa tridentina o en latín, y por lo que toca al diálogo de la Iglesia con las religiones cristianas separadas y aun con el resto de religiones, y también por lo que toca a aspectos propiamente eclesiológicos...-, y más que por esto por haber ordenado obispos sin permiso de la Santa Sede).  idem supra  

De modo que, volviendo con el asunto central de esta reflexión, ¿adónde quiero llegar? A esta constatación: ya el "mal" está hecho en la Iglesia; ahora es muy complicado dar marcha atrás.


26 de septiembre, 2014. Luis Henríquez Lorenzo: profesor de humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social.
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