martes, 20 de enero de 2015

"Reflexiones 'cuniculares' "


Hubo un matrimonio italiano: ambos hoy día son santos. Ella nació a principios del siglo XX; él, en el último tercio del siglo XIX. Ella tenía 17 en el momento de casarse; él, 38. Y tuvieron 21 hijos.idem supra

Eran otros tiempos, cierto: la mujer, entonces, quedaba recluida en el hogar, y hoy no debe ser así, ni de hecho lo es. Al menos en Occidente, en casi toda Iberoamérica... Pero lo cierto es que la Iglesia los ha canonizado porque llevaron una santa vida matrimonial y porque confiaron en la Providencia: estar abiertos a la vida, según el plan de Dios, aceptando los hijos como un don del Padre.

Hoy día, empero, sabido es que esto no lo vive mucha gente católica. Entre otras razones, porque el concepto de paternidad responsable se mira siempre “a la baja”. Me explico si considero que es el propio Concilio Vaticano II, nada sospechoso de escoramiento hacia el conservadurismo, el que afirma el concepto de paternidad responsable generosa. De modo que, según el Concilio, huyendo en efecto de la irresponsabilidad que supone traer hijos a este mundo sin ton ni son, el ideal es la “apertura responsable desde la generosidad”. Mas esto queda empañado por la mentalidad antinatalista de corte neoburgués, masónico y materialista que hoy día impera en la sociedad. Y en la propia Iglesia.

De resultas que esto que es así, señores obispos que lo permitís, sacerdotes y agentes de pastoral que lo permitís y hasta lo promovéis, es sencillamente una vergüenza, algo escandaloso propio de una Iglesia mundanizada a tope. Es decir, una Iglesia que tolera el imperio de esta mentalidad antinatalista neoburguesa es una Iglesia que se ha abierto de piernas al mundo. Que se ha prostituido, mundanizado, endemoniado.

De manera que desde la certeza que expresan mis palabras es desde donde me desconciertan las del papa Francisco al grupo de periodistas que viajaba en el avión papal de regreso a Roma tras el viaje apostólico a Filipinas, con las cuales ha acabado llamando, en efecto, conejas a las mujeres católicas que han querido y quieren vivir una maternidad generosa, de gozosa apertura a la vida, y de paso conejos a sus esposos. Lo ha hecho de manera indirecta, informal, algo por lo demás muy propio del Santo Padre, sobre todo cuando deja a un lado los papeles y comienza a hacer declaraciones...


Pero sí, usando esa expresión de llamar conejas a las mujeres católicas que se deciden por tener familia numerosa, viviendo así con generosidad su vocación a la maternidad, ha levantado una oleada de protestas el Papa. Reflejada en multitud de bitácoras de Internet. Cierto que al parecer Francisco debió estar pensando en la realidad demográfica de Filipinas, de donde regresaba al Vaticano, en la cual es muy probable que se dé una situación de muchas "paternidades y maternidades" ejercidas de manera irresponsable: no pocas familias filipinas pobres traen hijos y más hijos a este mundo, sin medir bien las consecuencias: puede que acaben pariendo hijos para la pobreza, la falta de medios de educación y de sanidad... 


Pero frente a esta realidad filipina en la que puede que se peque por exceso de apertura a la natalidad, en medio de situaciones de contundente pobreza, tenemos la realidad de la vieja Europa, también vieja por envejecida,  casi convertida en un desierto demográfico: las parejas y matrimonios jóvenes con familia numerosa, esto es, con 3 hijos o más, son cada día que pasa más escasos; vamos, ni entre las jóvenes generaciones católicas abundan especialmente. 


Abundando sobre el particular de las palabras del Papa, yo mismo he leído en Internet comentarios muy contrariados por causa de esas palabras del Vicario de Cristo, también de mujeres, o al menos de foristas que firman como tales. Madres y padres de familias numerosas que se han sentido ofendidos porque el Papa al parecer los ha llamado conejas y conejos. Conejas, sí, a las mujeres que, lejos de amoldarse al espíritu del mundo, han preferido confiar en la Providencia viviendo con generosidad su vocación de madres.

Desconcertante todo esto. Máxime considerando que hace apenas unos pocos días el mismo papa Francisco alabó las familias numerosas, que siempre han gozado de una especial estima para la Iglesia (cfr. el número correspondiente en el Catecismo de la Iglesia Católica), que ha sabido ver en ellas precisamente esto, la generosa acogida al don de la vida. En continuidad con toda la tradición bíblica, que siempre vio en las familias numerosas una especial bendición de Dios, del Dios de la vida.


Pero bueno, ¿de qué extrañarse? Siempre he manifestado, hasta la fecha de hoy al menos, mi voluntad de creer en Cristo y en su Iglesia cum Petro et sub Petro, sin que ello implique decir "sí guana" de manera borrega y acrítica a todo lo que el Papa dice, preside, propone, estimula, predica, desaconseja, aconseja, opina... Pero de qué extrañarse, sí, si resulta que en cierta diócesis española, pastoreada por un obispo homónimo del papa Francisco, un excura abiertamente homosexual y encima casado con otro hombre hace algunos cursos, ha permanecido más de 14 años impartiendo Religión católica en la escuela pública. Y sin embargo, seglares católicos esforzadamente militantes y deseosos de fidelidad a Cristo y a su Iglesia son despreciados y hasta humillados por ciertas autoridades eclesiásticas, entre otras por las mismas que han mantenido a ese excura gay dando clases de Religión católica durante tantos cursos. De qué extrañarse, cuando hace años en las movidas oenegeísticas y similares desarrollas en un ámbito confesional católico que yo me conozco, se hacía loa del aborto, la anticoncepción, la ideología de género… De qué extrañarse, cuando en un curso académico en un centro por el que pasé como profesor, la docente de Religión católica tenía fama de ser la profesora más promiscua y saltadora de camas de todo el claustro. Y salvo que todos los profesores se hubiesen puesto de acuerdo en difamar a tal profesora, era tal el murmullo del agua de ese río que… Etcétera y etcétera.


Pobre Iglesia de Cristo, tan asechada por el Maligno.
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