miércoles, 26 de diciembre de 2012

Nota preliminar / nueva andadura de mi blog




Inauguro esta nueva andadura de mi blog Ay, por qué no soy como Don Quijote -toquemos madera-, con uno de mis últimos artículos publicados (en Religión Digital, Redes Cristianas, Canal-literatura, Terc3rainformación, Kaoshispano, Teldeactualidad, Ghct-noticiasTelde, Canarias Insurgente, Asociación de Orientación Familiar Llar). Y con nuevos bríos -volvamos a tocar madera, y eso que no soy supersticioso-.

Empero, antes de que pases a leer mi artículo, amable lector, te ofrezco algo así como una suave pausa propedéutica y respiratoria, a cargo de la música del genial Nino Rota, compòsitor italiano de bandas sonoras, para mí -y para muchos, supongo- estrechamente ligado al cine del también genial Federico Fellini, uno de mis cineastas preferidos; bien entendido que, esa etiqueta de "preferidos" la habría de aplicar a no menos de 70/80 directores de cine, insisto en que tirando por lo bajo.

Diverso a lo largo de su trayectoria de más de treinta años dirigiendo películas, en general y sin entrar en matizaciones y particularismos, haremos justicia al cine del magistral director de obras maestras como Las noches de Cabiria o Amarcord -por solo citar dos títulos preferidos de entre todos los suyos- si en efecto lo apalabramos como cine que exalta lo fantasioso, lo onírico, lo realista, lo surrealista y aun lo hiperrealista, lo barroco, lo autobiográfico (de su autor), lo lírico, lo místico, lo psicoanalítico, lo grotesco, lo sensual. A todo lo cual habría que añadir la música de Nino Rota, abundante y hermosa, de la que me he permitido elegir una pieza, en esta ocasión interpretada a solo de guitarra. Confío en que guste. Y luego, mi artículo. Sobre el que haré una última observación: está "salpicado" de imágenes que nada tienen que ver con el contenido de mi artículo, y sí con Federico Fellini; acaso así, porque la cultura toda está permanentemente regada por una tupida red de vasos comunicantes.



  

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Era Jaime Llinares Llabrés, a quien no alcancé a conocer”

In memoriam


Al psicólogo y Dr. en Teología Jaime Llinares Llabrés, fallecido hace unas pocas semanas (Gran Canaria: 1942/2012), estuve a punto de conocerlo en persona, que yo recuerde, al menos en cuatro oportunidades principales.

La primera debió acontecer hace alrededor de seis o siete años, con ocasión del entusiasmo con que un conocido mío de entonces (conocido de ambientes y movidas eclesiales católicas) ponderaba las excelencias de Jaime Llinares como profesional de la psicología. “Es milagroso”, me aseguraba entusiasta, “yo llevo años con él y mi vida ha cambiado, ha dado un giro espectacular de 180 grados, un antes y un después”... “Vete a él, yo te digo dónde, te lo presento, y verás cómo te hará cambiar la perspectiva reprimida que conservas de la sexualidad humana, que mantienes castrada por tu estricta educación católica”, “él te libera de todo eso”, insistía en afirmar, sin perder ni un ápice de la admiración y estima por quien fue durante muchos años presidente de la Orden del Cachorro Canario.

A mí me desconcertaban sus palabras, lo recuerdo con plena certeza o rigor -casi siempre habiéndonos encontrado él y yo, por mera casualidad, a lo largo y ancho de la emblemática Calle Mayor de Triana, en Las Palmas de Gran Canaria-, simplemente por considerar algo que me parecía tan elemental y de sentido común como dudar de los poderes disuasivos o bien persuasorios y, en todo caso, revolucionarios, de un profesional de la psicología, por muy bueno que fuese, como parecía ser el caso. Aparte de que pudiera estar de acuerdo o no con las opiniones del psicólogo y Dr. en Teología Jaime Llinares Llabrés; a decir verdad, sospechaba que, en todo, no lo iba a estar, lo más probable.

La segunda, más reciente, aconteció en el coqueto aeropuerto de Valverde, en El Hierro, recinto casi familiar, como muchos conocemos, una vez que me tocó hacer fila para esperar el avión de regreso a Gran Canaria. Reconocí a Jaime Llinares justo delante de mí, en la fila de espera; y sin embargo no me decidí a saludarlo, a presentarme, a hablarle siquiera de lo bien que me habían hablado de él como psicólogo. Una tercera oportunidad, hace también unos pocos años, tuvo lugar en el interior de una conocida parroquia del Puerto en Las Palmas capital (durante la transición, muchas reuniones medio “conspirativas y clandestinas” se dieron cita entre sus muros), una vez en que observé que muy cerca de donde yo me encontraba sentado, al fondo de la iglesia, se acababa de sentar un hombre de edad ya madura. Lo reconocí; tampoco, empero, me atreví a saludarlo: me corté.

Y eso que se quedó a misa, dándome la impresión de que más que como fiel devoto participaba como espectador que ve los toros desde la barrera. Lo cual me llamó poderosamente la atención -sin pretender juzgar su conducta en aquella ocasión, Dios me libre, ni nada de su trayectoria, que ya se ha reencontrado con el Dios a quien sin duda trató de buscar toda su vida, con luces y sombras, con aciertos y errores, como todos en este mundo, que vemos las cosas como a través de espejos-, pues me era conocido algo de su pasado como jesuita.

Y una cuarta y última especial oportunidad ha sido muy reciente, de hace apenas unos meses, toda vez que en mi deseo de dar difusión a un ensayo de mi autoría sobre mis experiencias con la Iglesia católica (¿La Iglesia católica? Sí; algunas consideraciones, por favor: Madrid, Vitruvio y Nostrum, noviembre, 2011), quise contactar con él, a través de la Orden del Cachorro Canario, a la que tan ligado estuvo desde siempre. Pero a pesar de mis correos electrónicos y de mensajes de telefonía móvil que le dejé, no obtuve respuesta alguna.

Supuse inicialmente que pasaría del tema, que no le interesaría brindarme el espacio de la sede de la Orden del Cachorro Canario, en la emblemática Plaza de Santo Domingo -en la que no es raro sentir, alguna que otra vez, que el tiempo se ha detenido y que aún bajan las sombras y los espíritus de campesinos a lomos de bestias de las lomas próximas de la capital, y aun de las entrañas mismas de la Isla...-, por la principal razón de haber sido él más bien un progresista no poco desafecto con la Iglesia católica, y yo más bien un católico practicante fiel al Magisterio a la vez que muy asqueado de la abundante hipocresía eclesiástica; ya sé, sí, debilidades humanas, mera contradicción acaso en mi atribulado espíritu, porque igual es cierto que no es compatible expresar que se es fiel a la doctrina del Magisterio y a la vez desafecto y crítico con sus pastores...

En lo cual suponía que podía coincidir con Jaime Llinares, y hasta encontrar un cierto apoyo, en vistas de su propia trayectoria personal. En la denuncia de tanta hipocresía institucional católica. Con todo, no ha sido sino gracias a una amiga -que conoció mucho y quiso mucho a Jaime Llinares, a quien estimaba casi como a un padre, amén de como psicólogo suyo “de cabecera”- el medio como he conocido de la grave enfermedad que sufría Jaime; de ahí, lo más probable, el que no me contestara, el que “pasara de contestarme”. Lo cual supuso además que finalmente no nos pudiéramos conocer.

Así las cosas, valga todo lo anterior como modesto homenaje a su persona, a su trayectoria profesional, política, solidaria y entusiasta de la cultura canaria. Más allá de las discrepancias y concomitancias que yo mismo hubiera podido mantener con él en vida, cosa que importa no tanto para el caso ahora. Como nada de lo que hacemos por amor muere (Emmanuel Mounier), y dado que creemos que en la memoria de Dios pesa más la balanza de la misericordia entrañable (véase la parábola del hijo pródigo) que el rigor del castigo, y dado que, como intuía Gabriel Marcel, “amar a un persona es decirle 'Mientras yo viva, tú no morirás'”, el señor Jaime Llinares Llabrés permanecerá en la memoria de cuantos lo amaron y apreciaron... Y valga además, este breve escrito mío -que acaso más de uno juzgará estúpido e interesado, escrito con la intención de pretender obtener alguna suerte de rentabilidad gracias al mismo-, toda vez que al “homenajeado” ni siquiera lo conocí en persona-, como mi más sentido pésame a sus familiares y amigos.

Con todo, también -especialmente- he traído aquí y ahora la memoria de Jaime Llinares porque me interesa el rescate de algunas de sus ideas motrices o más recurrentes. Ya sea para discrepar de algunas de ellas, como es mi caso, es asimismo una manera estupenda de mantener vivo el pensamiento de un autor: hablar de él, de lo que hacía y decía, de las controversias fundantes que alimentaron su existencia y compromiso, etcétera. Así, una de esas ideas defendidas por Jaime Llinares, que yo sepa al menos, en sus escritos periodísticos y en su blog, no es otra que la denuncia de toda la acumulación de poder, pompa, boato y títulos de gloria y honoríficos que se ha ido dando, a lo largo de los siglos, en la estructura organizativa de la Iglesia católica. Algo que aparece como radicalmente contrario al modus vivendi de Jesús de Nazaret. Como radicalmente contrario a lo que podríamos denominar el corazón del Evangelio, que no pasa por ser sino una entusiasta exhortación a vivir la noción de igualdad fundamental de todas las personas. Frente a esa igualdad y fraternidad que nos hace iguales -valga la redundancia-, hijos e hijas de un mismo Padre -que es Madre también, que es el Ser, lo Totalmente Otro-, la Iglesia universal -porfiaba Jaime Llinares- ha consolidado la “diferencia”, la desigualdad: jerarquías, autoritarismos, clericalismos, poses principescas y de poder, pactos con los opresores, pompas...

Sin entrar en detalles y en matizaciones necesarias a la idea anterior que he expuesto de Jaime Llinares, me parece tan verdadera, tan proféticamente verdadera, que me causan cierta perplejidad algunas eclesiales reacciones contrarias a los escritos de Jaime Llinares. Sumarísimamente contrarias. Para afearle a Jaime su pertinaz crítica a la Iglesia católica. Para enroñarse con Jaime Llinares, prestigioso psicólogo, por su “resentido enrocamiento” contra la Iglesia católica, y de paso endilgarle la indirecta de considerarlo un mal profesional de la psicología, según, al parecer, una cierta rumorología del gremio... Desde luego, todo un golpe bajo en los mismísimos cataplines.

Ya lo he adelantado: yo mismo discrepo de algunas de las críticas a la Iglesia que formuló en vida el exjesuita Jaime Llinares Llabrés; del mismo modo que no me hacen pupa que mis críticas a la Iglesia universal, o bien todas o siquiera algunas de ellas, también sean desmentidas, negadas, rechazadas. Sin embargo, él las enunció con tanta pasión, tan a pecho descubierto, con tanta transparencia, y sobre todo habiendo conocido desde dentro la institución objeto o sujeto de las críticas, que no me merecen sino la estima y consideración. Incluso discrepando por momentos de ellas, insisto. Se me podrá replicar que actuando así estoy dando pie al permisivismo de la mentira y el error, a los ataques al Magisterio, pero... Pero por lo menos Jaime Llinares lo atacaba, si es que lo atacaba (el Magisterio), viviendo de su trabajo como psicólogo, al margen de la Iglesia, en tanto ya sabemos que otros muchos “atacan” desde dentro, viviendo en lo profesional gracias a la Iglesia católica (educadores de la escuela católica, profesores y profesoras en facultades teológicas, técnicos y técnicas de movidas confesionales, docentes de Religión católica en la escuela pública...) y ni siquiera predicando con el testimonio de matrimonios generosamente abiertos a la solidaridad y a la vida (familias misioneras, evangelizadoras, militantes...), máxime ahora que es duro invierno demográfico en España: nuestros bisnietos y tataranietos ya habitarán una Europa a la vez que mayoritariamente descristianizada, mayoritariamente musulmana.



E incluso, no faltará quien sostenga que doy vía libre, con mi gesto imprudente o permisivo con las heterodoxias o con cierta serie de ellas al menos, a la acción de “enemigos” de la Iglesia católica que querrían verla reducida a puras ruinas y cenizas humeantes. Podría ser. Solo que, como verdades absolutas universalizables pocas debe haber...; la verdad, así las cosas, sería poliédrica, a menudo velada, equívoca y esquiva, y en definitiva sinfónica, que diría ese gran teólogo católico que se llamó H. U von Balthasar. Y en todo caso, frente a las múltiples voces que buscan la verdad, cada una de esas voces a su manera -pues “para cada hombre guarda un camino distinto Dios y un rayo nuevo de luz el sol”, repetiríamos con el poeta León Felipe-, haría mío lo del gran Voltaire: “Discrepo de sus ideas, pero me jugaría mi propia vida para garantizar su derecho a expresarlas”.

De ahí que me hayan desconcertado un poco algunos escritos recientes que, leídos en Internet, iban directos a la línea de flotación del recientemente fallecido Jaime Llinares Llabrés. Verbigracia, algunas reflexiones que pretendieran poner puertas al campo cerrando filas a favor de una Iglesia católica desnortada y que hace aguas por todas partes, que padece una patética crisis de fe interna y de credibilidad social, y que va como a la deriva en la procelosa alta mar oceana, que se decía en la poesía más retórica y rimbombante. A la deriva -o “como a la deriva”-, por hipócrita, por mundanizada, por sistemáticamente incoherente, por traidora al mensaje de su fundador, por rechazadora del Magisterio en el que debiera creer, en el que dice creer, y que empero se pasan por el forro hasta la mayoría de los seglares que viven en lo profesional gracias a ella, como ya he adelantado. Denuncia por la cual los propios “afectados”, o siquiera algunos de ellos, ya sé que me consideran un loco, un fanático, un resentido, un intolerante, un cátaro, un integrista, un difamador de la Iglesia...

Poniendo el dedo en la llaga de esta problemática que asola a la Iglesia universal, Jaime Llinares, aunque fallecido hace apenas unas semanas, sigue estando muy presente en la conciencia y en la memoria de muchos, ya digo que justamente por la plena actualidad de algunas de sus lúcidas críticas a la Iglesia católica -matizables, ciertamente, pero lúcidas-. En tanto las reacciones de algunos contra los escritos del exjesuita canario, como mucho irán a misa, nunca mejor dicho, pero poco más, porque no responden a la realidad palmaria de los hechos.

(Uno de los eclesiásticos críticos con las opiniones del psicólogo Jaime Llinares Llabrés, el P. Báez -cuya “cabeza” piden en un blog como La cigüeña de la torre, dicen que el más leído de entre todos los de información religiosa en España, y cuyo responsable se acordó del 37 aniversario de la muerte de Francisco Franco este pasado martes 20 de noviembre, y del aniversario de la de José Antonio Primo de Rivera, hace ya 76 añitos -, tal vez pudo estar más afortunado o atinado en sus “reservas” a las críticas al Dr. Jaime Llinares, no digo para manifestar acuerdo con las opiniones del exjesuita, faltaría más, puesto que el pensamiento es libre, sino más bien para no perder de vista que en esta oportunidad que nos ocupa el “débil” -el “david frente al goliat”-, era Jaime Llinares Llabrés, y el “poderoso” (la poderosa), la Iglesia católica entendida como estructura de poder y de dominio y de manipulación y de hipocresía. Con todo, lo que tampoco me gusta nada es la leña que le meten algunos al P. Báez en un blog como el citado y alojado en Intereconomía -cuyos contenidos a veces comparto, no me cuesta nada reconocerlo, por qué habría, que soy libre, y la verdad no suele ser blanca ni negra, ya sean dichos por su bloguero administrador o por los foristas que en abundancia acuden al mismo- no ya por ser el P. Báez un hombre perfecto -nadie lo es en este mundo, ni siquiera Billy Wilder, Fernando Trueba, con tu permiso, aunque se acerque a la perfección con algunas de sus películas...-, pero en modo alguno es merecedor de la mofa que de él se hace en ese blog, en el que en su momento su dueño incluyó a nuestro finado psicólogo y exjesuita en la lista de 200 jesuitas o exjesuitas “insolidarios con la Iglesia” por heterodoxos, progres, díscolos y herejes: Alfonso Álvarez Bolado, Manuel Fraijó, Gregorio Ruiz, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Carlos Domínguez, Javier Gafo, José Gómez Caffarena, Juan García Nieto, P. Miguel Lamet, Antonio Blanch, Luis Magriñá, José Mª de Llanos, J. A. Estrada, Javier Alegre, E. López Azpitarte, José Ignacio González Faus y un largo etcétera figuran en esa lista de “indeseables”. Todos teólogos de pensamiento no poco “heterodoxo”, ciertamente, progresista, más o menos afectos o desafectos hacia el Magisterio, con los cuales yo mismo, simple católico de a pie o del montón, discrepo y podría discrepar en esto y en lo de más allá, pero de ahí a considerarlos inquisitorialmente de esa manera... Entiendo su celo pastoral, señor Fernández de la Cigoña, su amor al Magisterio, su preocupación por lo que usted mismo llama la “deriva doctrinal” de la Iglesia; pero, sinceramente, algo me dice que en todos esos autores que usted incluye en esa lista hay también mucho de bueno, de noble, de justo, de evangélico... Y ya sabe usted, igual mejor que yo, aquello de san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo justo, noble, verdadero y bueno que encuentren...”)

Me despido, Jaime Llinares Llabrés, con la esperanza de que te hayas encontrado con el Dios de la vida a quien sin duda buscaste durante tu paso por este mundo. En el seno de la Iglesia universal y en las fronteras o extrarradios de la misma. Me quedo con algunas de tus ideas publicadas, gracias a las cuales he nutrido algunas de mis reflexiones últimas: son parte de tu legado. Y que en no poca medida han propiciado este escrito. Acaso me quede la “pena” de no haber sido paciente tuyo, o de ni siquiera haberte saludado al menos, cuando tuve oportunidad de hacerlo, o la de no haber podido finalmente presentar, y tú presente, en alguna sede de la Orden del Cachorro Canario ese libro mío que no ha levantado ninguna clase de entusiasmo ni apoyo en prácticamente ninguna movida eclesial de la Diócesis de Canarias, y sí todo lo contrario: ninguneo y desprecio casi totales. Probablemente como consecuencia de ser muy malo el ensayo, de estar muy mal escrito -lo cual podría ser, no en balde es el primero de mis ensayos publicados-, o como consecuencia de que pone el dedo en la llaga de la mucha podredumbre que afecta a la Iglesia católica. (Ni que aclarar que yo, su autor, sin negar aspectos negativos propiamente escriturísticos, estoy convencido de que han pasado de mí y de mi ensayo por la segunda razón expuesta.)

Comoquiera que sea, según decían los cristianos del Movimiento Obrero, “¡hasta mañana en el altar!”, que ya tendrá que ser el del Cielo.

Noviembre, 2012. Luis Alberto Henríquez Lorenzo.





Era Jaime Llinares Llabrés, a quien no alcancé a conocer”

In memoriam


Al psicólogo y Dr. en Teología Jaime Llinares Llabrés, fallecido hace unas pocas semanas (Gran Canaria: 1942/2012), estuve a punto de conocerlo en persona, que yo recuerde, al menos en cuatro oportunidades principales.

La primera debió acontecer hace alrededor de seis o siete años, con ocasión del entusiasmo con que un conocido mío de entonces (conocido de ambientes y movidas eclesiales católicas) ponderaba las excelencias de Jaime Llinares como profesional de la psicología. “Es milagroso”, me aseguraba entusiasta, “yo llevo años con él y mi vida ha cambiado, ha dado un giro espectacular de 180 grados, un antes y un después”... “Vete a él, yo te digo dónde, te lo presento, y verás cómo te hará cambiar la perspectiva reprimida que conservas de la sexualidad humana, que mantienes castrada por tu estricta educación católica”, “él te libera de todo eso”, insistía en afirmar, sin perder ni un ápice de la admiración y estima por quien fue durante muchos años presidente de la Orden del Cachorro Canario.

A mí me desconcertaban sus palabras, lo recuerdo con plena certeza o rigor -casi siempre habiéndonos encontrado él y yo, por mera casualidad, a lo largo y ancho de la emblemática Calle Mayor de Triana, en Las Palmas de Gran Canaria-, simplemente por considerar algo que me parecía tan elemental y de sentido común como dudar de los poderes disuasivos o bien persuasorios y, en todo caso, revolucionarios, de un profesional de la psicología, por muy bueno que fuese, como parecía ser el caso. Aparte de que pudiera estar de acuerdo o no con las opiniones del psicólogo y Dr. en Teología Jaime Llinares Llabrés; a decir verdad, sospechaba que, en todo, no lo iba a estar, lo más probable.

La segunda, más reciente, aconteció en el coqueto aeropuerto de Valverde, en El Hierro, recinto casi familiar, como muchos conocemos, una vez que me tocó hacer fila para esperar el avión de regreso a Gran Canaria. Reconocí a Jaime Llinares justo delante de mí, en la fila de espera; y sin embargo no me decidí a saludarlo, a presentarme, a hablarle siquiera de lo bien que me habían hablado de él como psicólogo. Una tercera oportunidad, hace también unos pocos años, tuvo lugar en el interior de una conocida parroquia del Puerto en Las Palmas capital (durante la transición, muchas reuniones medio “conspirativas y clandestinas” se dieron cita entre sus muros), una vez en que observé que muy cerca de donde yo me encontraba sentado, al fondo de la iglesia, se acababa de sentar un hombre de edad ya madura. Lo reconocí; tampoco, empero, me atreví a saludarlo: me corté.

Y eso que se quedó a misa, dándome la impresión de que más que como fiel devoto participaba como espectador que ve los toros desde la barrera. Lo cual me llamó poderosamente la atención -sin pretender juzgar su conducta en aquella ocasión, Dios me libre, ni nada de su trayectoria, que ya se ha reencontrado con el Dios a quien sin duda trató de buscar toda su vida, con luces y sombras, con aciertos y errores, como todos en este mundo, que vemos las cosas como a través de espejos-, pues me era conocido algo de su pasado como jesuita.

Y una cuarta y última especial oportunidad ha sido muy reciente, de hace apenas unos meses, toda vez que en mi deseo de dar difusión a un ensayo de mi autoría sobre mis experiencias con la Iglesia católica (¿La Iglesia católica? Sí; algunas consideraciones, por favor: Madrid, Vitruvio y Nostrum, noviembre, 2011), quise contactar con él, a través de la Orden del Cachorro Canario, a la que tan ligado estuvo desde siempre. Pero a pesar de mis correos electrónicos y de mensajes de telefonía móvil que le dejé, no obtuve respuesta alguna.

Supuse inicialmente que pasaría del tema, que no le interesaría brindarme el espacio de la sede de la Orden del Cachorro Canario, en la emblemática Plaza de Santo Domingo -en la que no es raro sentir, alguna que otra vez, que el tiempo se ha detenido y que aún bajan las sombras y los espíritus de campesinos a lomos de bestias de las lomas próximas de la capital, y aun de las entrañas mismas de la Isla...-, por la principal razón de haber sido él más bien un progresista no poco desafecto con la Iglesia católica, y yo más bien un católico practicante fiel al Magisterio a la vez que muy asqueado de la abundante hipocresía eclesiástica; ya sé, sí, debilidades humanas, mera contradicción acaso en mi atribulado espíritu, porque igual es cierto que no es compatible expresar que se es fiel a la doctrina del Magisterio y a la vez desafecto y crítico con sus pastores...

En lo cual suponía que podía coincidir con Jaime Llinares, y hasta encontrar un cierto apoyo, en vistas de su propia trayectoria personal. En la denuncia de tanta hipocresía institucional católica. Con todo, no ha sido sino gracias a una amiga -que conoció mucho y quiso mucho a Jaime Llinares, a quien estimaba casi como a un padre, amén de como psicólogo suyo “de cabecera”- el medio como he conocido de la grave enfermedad que sufría Jaime; de ahí, lo más probable, el que no me contestara, el que “pasara de contestarme”. Lo cual supuso además que finalmente no nos pudiéramos conocer.

Así las cosas, valga todo lo anterior como modesto homenaje a su persona, a su trayectoria profesional, política, solidaria y entusiasta de la cultura canaria. Más allá de las discrepancias y concomitancias que yo mismo hubiera podido mantener con él en vida, cosa que importa no tanto para el caso ahora. Como nada de lo que hacemos por amor muere (Emmanuel Mounier), y dado que creemos que en la memoria de Dios pesa más la balanza de la misericordia entrañable (véase la parábola del hijo pródigo) que el rigor del castigo, y dado que, como intuía Gabriel Marcel, “amar a un persona es decirle 'Mientras yo viva, tú no morirás'”, el señor Jaime Llinares Llabrés permanecerá en la memoria de cuantos lo amaron y apreciaron... Y valga además, este breve escrito mío -que acaso más de uno juzgará estúpido e interesado, escrito con la intención de pretender obtener alguna suerte de rentabilidad gracias al mismo-, toda vez que al “homenajeado” ni siquiera lo conocí en persona-, como mi más sentido pésame a sus familiares y amigos.

Con todo, también -especialmente- he traído aquí y ahora la memoria de Jaime Llinares porque me interesa el rescate de algunas de sus ideas motrices o más recurrentes. Ya sea para discrepar de algunas de ellas, como es mi caso, es asimismo una manera estupenda de mantener vivo el pensamiento de un autor: hablar de él, de lo que hacía y decía, de las controversias fundantes que alimentaron su existencia y compromiso, etcétera. Así, una de esas ideas defendidas por Jaime Llinares, que yo sepa al menos, en sus escritos periodísticos y en su blog, no es otra que la denuncia de toda la acumulación de poder, pompa, boato y títulos de gloria y honoríficos que se ha ido dando, a lo largo de los siglos, en la estructura organizativa de la Iglesia católica. Algo que aparece como radicalmente contrario al modus vivendi de Jesús de Nazaret. Como radicalmente contrario a lo que podríamos denominar el corazón del Evangelio, que no pasa por ser sino una entusiasta exhortación a vivir la noción de igualdad fundamental de todas las personas. Frente a esa igualdad y fraternidad que nos hace iguales -valga la redundancia-, hijos e hijas de un mismo Padre -que es Madre también, que es el Ser, lo Totalmente Otro-, la Iglesia universal -porfiaba Jaime Llinares- ha consolidado la “diferencia”, la desigualdad: jerarquías, autoritarismos, clericalismos, poses principescas y de poder, pactos con los opresores, pompas...

Sin entrar en detalles y en matizaciones necesarias a la idea anterior que he expuesto de Jaime Llinares, me parece tan verdadera, tan proféticamente verdadera, que me causan cierta perplejidad algunas eclesiales reacciones contrarias a los escritos de Jaime Llinares. Sumarísimamente contrarias. Para afearle a Jaime su pertinaz crítica a la Iglesia católica. Para enroñarse con Jaime Llinares, prestigioso psicólogo, por su “resentido enrocamiento” contra la Iglesia católica, y de paso endilgarle la indirecta de considerarlo un mal profesional de la psicología, según, al parecer, una cierta rumorología del gremio... Desde luego, todo un golpe bajo en los mismísimos cataplines.

Ya lo he adelantado: yo mismo discrepo de algunas de las críticas a la Iglesia que formuló en vida el exjesuita Jaime Llinares Llabrés; del mismo modo que no me hacen pupa que mis críticas a la Iglesia universal, o bien todas o siquiera algunas de ellas, también sean desmentidas, negadas, rechazadas. Sin embargo, él las enunció con tanta pasión, tan a pecho descubierto, con tanta transparencia, y sobre todo habiendo conocido desde dentro la institución objeto o sujeto de las críticas, que no me merecen sino la estima y consideración. Incluso discrepando por momentos de ellas, insisto. Se me podrá replicar que actuando así estoy dando pie al permisivismo de la mentira y el error, a los ataques al Magisterio, pero... Pero por lo menos Jaime Llinares lo atacaba, si es que lo atacaba (el Magisterio), viviendo de su trabajo como psicólogo, al margen de la Iglesia, en tanto ya sabemos que otros muchos “atacan” desde dentro, viviendo en lo profesional gracias a la Iglesia católica (educadores de la escuela católica, profesores y profesoras en facultades teológicas, técnicos y técnicas de movidas confesionales, docentes de Religión católica en la escuela pública...) y ni siquiera predicando con el testimonio de matrimonios generosamente abiertos a la solidaridad y a la vida (familias misioneras, evangelizadoras, militantes...), máxime ahora que es duro invierno demográfico en España: nuestros bisnietos y tataranietos ya habitarán una Europa a la vez que mayoritariamente descristianizada, mayoritariamente musulmana.

E incluso, no faltará quien sostenga que doy vía libre, con mi gesto imprudente o permisivo con las heterodoxias o con cierta serie de ellas al menos, a la acción de “enemigos” de la Iglesia católica que querrían verla reducida a puras ruinas y cenizas humeantes. Podría ser. Solo que, como verdades absolutas universalizables pocas debe haber...; la verdad, así las cosas, sería poliédrica, a menudo velada, equívoca y esquiva, y en definitiva sinfónica, que diría ese gran teólogo católico que se llamó H. U von Balthasar. Y en todo caso, frente a las múltiples voces que buscan la verdad, cada una de esas voces a su manera -pues “para cada hombre guarda un camino distinto Dios y un rayo nuevo de luz el sol”, repetiríamos con el poeta León Felipe-, haría mío lo del gran Voltaire: “Discrepo de sus ideas, pero me jugaría mi propia vida para garantizar su derecho a expresarlas”.




De ahí que me hayan desconcertado un poco algunos escritos recientes que, leídos en Internet, iban directos a la línea de flotación del recientemente fallecido Jaime Llinares Llabrés. Verbigracia, algunas reflexiones que pretendieran poner puertas al campo cerrando filas a favor de una Iglesia católica desnortada y que hace aguas por todas partes, que padece una patética crisis de fe interna y de credibilidad social, y que va como a la deriva en la procelosa alta mar oceana, que se decía en la poesía más retórica y rimbombante. A la deriva -o “como a la deriva”-, por hipócrita, por mundanizada, por sistemáticamente incoherente, por traidora al mensaje de su fundador, por rechazadora del Magisterio en el que debiera creer, en el que dice creer, y que empero se pasan por el forro hasta la mayoría de los seglares que viven en lo profesional gracias a ella, como ya he adelantado. Denuncia por la cual los propios “afectados”, o siquiera algunos de ellos, ya sé que me consideran un loco, un fanático, un resentido, un intolerante, un cátaro, un integrista, un difamador de la Iglesia...

Poniendo el dedo en la llaga de esta problemática que asola a la Iglesia universal, Jaime Llinares, aunque fallecido hace apenas unas semanas, sigue estando muy presente en la conciencia y en la memoria de muchos, ya digo que justamente por la plena actualidad de algunas de sus lúcidas críticas a la Iglesia católica -matizables, ciertamente, pero lúcidas-. En tanto las reacciones de algunos contra los escritos del exjesuita canario, como mucho irán a misa, nunca mejor dicho, pero poco más, porque no responden a la realidad palmaria de los hechos.

(Uno de los eclesiásticos críticos con las opiniones del psicólogo Jaime Llinares Llabrés, el P. Báez -cuya “cabeza” piden en un blog como La cigüeña de la torre, dicen que el más leído de entre todos los de información religiosa en España, y cuyo responsable se acordó del 37 aniversario de la muerte de Francisco Franco este pasado martes 20 de noviembre, y del aniversario de la de José Antonio Primo de Rivera, hace ya 76 añitos -, tal vez pudo estar más afortunado o atinado en sus “reservas” a las críticas al Dr. Jaime Llinares, no digo para manifestar acuerdo con las opiniones del exjesuita, faltaría más, puesto que el pensamiento es libre, sino más bien para no perder de vista que en esta oportunidad que nos ocupa el “débil” -el “david frente al goliat”-, era Jaime Llinares Llabrés, y el “poderoso” (la poderosa), la Iglesia católica entendida como estructura de poder y de dominio y de manipulación y de hipocresía. Con todo, lo que tampoco me gusta nada es la leña que le meten algunos al P. Báez en un blog como el citado y alojado en Intereconomía -cuyos contenidos a veces comparto, no me cuesta nada reconocerlo, por qué habría, que soy libre, y la verdad no suele ser blanca ni negra, ya sean dichos por su bloguero administrador o por los foristas que en abundancia acuden al mismo- no ya por ser el P. Báez un hombre perfecto -nadie lo es en este mundo, ni siquiera Billy Wilder, Fernando Trueba, con tu permiso, aunque se acerque a la perfección con algunas de sus películas...-, pero en modo alguno es merecedor de la mofa que de él se hace en ese blog, en el que en su momento su dueño incluyó a nuestro finado psicólogo y exjesuita en la lista de 200 jesuitas o exjesuitas “insolidarios con la Iglesia” por heterodoxos, progres, díscolos y herejes: Alfonso Álvarez Bolado, Manuel Fraijó, Gregorio Ruiz, Ignacio Ellacuría, Jon Sobrino, Carlos Domínguez, Javier Gafo, José Gómez Caffarena, Juan García Nieto, P. Miguel Lamet, Antonio Blanch, Luis Magriñá, José Mª de Llanos, J. A. Estrada, Javier Alegre, E. López Azpitarte, José Ignacio González Faus y un largo etcétera figuran en esa lista de “indeseables”. Todos teólogos de pensamiento no poco “heterodoxo”, ciertamente, progresista, más o menos afectos o desafectos hacia el Magisterio, con los cuales yo mismo, simple católico de a pie o del montón, discrepo y podría discrepar en esto y en lo de más allá, pero de ahí a considerarlos inquisitorialmente de esa manera... Entiendo su celo pastoral, señor Fernández de la Cigoña, su amor al Magisterio, su preocupación por lo que usted mismo llama la “deriva doctrinal” de la Iglesia; pero, sinceramente, algo me dice que en todos esos autores que usted incluye en esa lista hay también mucho de bueno, de noble, de justo, de evangélico... Y ya sabe usted, igual mejor que yo, aquello de san Pablo: “Examínenlo todo y quédense con lo justo, noble, verdadero y bueno que encuentren...”)

Me despido, Jaime Llinares Llabrés, con la esperanza de que te hayas encontrado con el Dios de la vida a quien sin duda buscaste durante tu paso por este mundo. En el seno de la Iglesia universal y en las fronteras o extrarradios de la misma. Me quedo con algunas de tus ideas publicadas, gracias a las cuales he nutrido algunas de mis reflexiones últimas: son parte de tu legado. Y que en no poca medida han propiciado este escrito. Acaso me quede la “pena” de no haber sido paciente tuyo, o de ni siquiera haberte saludado al menos, cuando tuve oportunidad de hacerlo, o la de no haber podido finalmente presentar, y tú presente, en alguna sede de la Orden del Cachorro Canario ese libro mío que no ha levantado ninguna clase de entusiasmo ni apoyo en prácticamente ninguna movida eclesial de la Diócesis de Canarias, y sí todo lo contrario: ninguneo y desprecio casi totales. Probablemente como consecuencia de ser muy malo el ensayo, de estar muy mal escrito -lo cual podría ser, no en balde es el primero de mis ensayos publicados-, o como consecuencia de que pone el dedo en la llaga de la mucha podredumbre que afecta a la Iglesia católica. (Ni que aclarar que yo, su autor, sin negar aspectos negativos propiamente escriturísticos, estoy convencido de que han pasado de mí y de mi ensayo por la segunda razón expuesta.)

Comoquiera que sea, según decían los cristianos del Movimiento Obrero, “¡hasta mañana en el altar!”, que ya tendrá que ser el del Cielo.

Noviembre, 2012. Luis Alberto Henríquez Lorenzo.
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