jueves, 27 de julio de 2017

"¿Humanismo o deshumanización? Una perplejidad (o paradoja)"
 
 
 
 

No logro arrancar de mi mente una imagen escalofriante, espantosa. Advierto de su crudeza: se trata del cadáver de un niño peruano como de 11 años devorado por pirañas; el infortunado muchachito, por imprudencia o despiste del tipo que fuera se metió en una charca llena de esos voracísimos depredadores y, al minuto, cuando lograron sacarlo, era, literalmente, un esqueleto del que pendían harapos y una cabeza con ojos desorbitados, salidos de sus órbitas. La viva -pero ya muerta- imagen del horror.
 
 
 

Escenas de desesperación, el llanto inconsolable de algunos familiares y allegados... Dios mío, pienso en el dolor desgarrador y sin nombre y sin consuelo de su familia y resto de seres queridos; mejor: intento hacerme una idea de cuál pueda ser el sufrimiento de todos los íntimos del infortunado niñito peruano. Y al mismo tiempo repito para mis adentros el eco de una queja que es sabido que el poeta Juan Ramón Jiménez espetaba a Dios: Dios, si de Ti creemos que eres todo misericordia, justicia y bondad, ¿por qué permites el sufrimiento de los inocentes?, ¿por qué permites que mueran los niños? Al genial poeta andaluz, Premio Nobel de Literatura, tan neurasténico como crítico mordaz y exigente con la obra literaria ajena, desgarradoras dudas como la anterior lo fueron llevando al apartamiento progresivo de Dios, Cristo, la Iglesia, camino hacia su poesía esencial, desnuda, poesía pura, inmanente y panteísta...Image result for animalismo
 


Empero, mi asombro ahora mismo también es otro, o sea, que no acaba con la impresión que me sigue produciendo la espeluznante imagen que no logro borrar de mi mente. A saber: he compartido la noticia de la espantosa muerte de ese chico peruano con algunas personas animalistas y veganas (y por lo demás, ateas, relativistas, multiculturalistas, laicistas, adeptas al igualitarismo y a la inteligencia emocional, abortistas, feministas, homosexualistas y entusiastas de la ideología de género y de la antropología cultural) y, agárrense los machos, me confiesan que igual dolor les produce la muerte de ese niñito que la muerte de los pollos o de las vacas en los mataderos. Y uno incluso me asegura: "Me preocupa más que se asesinen (cursivas nuestras) focas que el que se practiquen abortos, pues los fetos humanos, al no tener desarrollo cerebral durante los primeros meses de gestación, ¿qué son?, no son personas. Mientras que una vaca siente, sufre y padece, y tiene inteligencia emocional..." 


 
Dito sea Dios, que decían nuestros antepasados canarios de extracción más humilde, ¿cómo puede ser esto?, ¿qué ha tenido que pasar para llegar adonde hemos llegado? Conozco animalistas que entierran a sus mascotas muertas, a quienes ellos (uso con total intencionalidad este pronombre personal tradicionalmente reservado por la gramática a las personas) consideran seres queridos fallecidos. Estos mismos animalistas que conozco insultan a los toreros llamándolos asesinos, machistas sexistas, sádicos, torturadores, criminales, o directamente les desean la muerte o la celebran cuando trágicamente ocurre. Están en contra de mantener gallinas incluso sueltas en un corral al menos para aprovechar sus huevos para el consumo humano, y lo están de aprovechar la nutritiva y dulce miel de las abejas e incluso de cultivar la afición por la colombofilia, la colombicultura y la canaricultura, ¡y de que en Lanzarote y en Gran Canaria aún haya recuas de dromedarios de la subespecie canaria para dar paseos a los turistas y curiosos por las dunas grancanarias y los paisajes volcánicos de la isla conejera! Y teorizan y teorizan como pretendidos expertos sobre el sufrimiento animal, sentando cátedra, cuando no queda claro, científicamente hablando hoy por hoy al menos, que el animal en verdad sufra, pues el sufrimiento podríamos definirlo como una cognición a partir de la experiencia del dolor, y este proceso mental y existencial y moral solo es posible gracias a una inteligencia racional, de la que carecen los animales.  



Me pregunto en voz alta si todo esto es el colmo de la necedad, la estupidez, la insensatez y la deshumanización, y aun es una como caricaturesca suerte de pensamiento Alicia, dicho a la manera del filósofo Gustavo Bueno, fallecido hace un par de años. Es decir, me planteo si toda esta movida no es sino mera antropía atrófica de un pensamiento que, en su deriva, luego de haber desplazado a Dios y al hombre del centro (el hombre como medida de todas las cosas, que es la base de cualquier código ético posible), deviene pensamiento débil que pretende, llevando al extremo la idea del igualitarismo social, la equiparación de todas las especies...

 
 
Mero pensamiento deshumanizador: igualar al hombre (varón y hembra, creado por Dios a su imagen y semejanza...) con el resto de especies animales, no es dignificar a los animales -que no pueden ser dignificados más que con el respeto a su animalidad-, es infravalorar al hombre situándolo a la altura de las bestias; vamos, es una pertinaz negación de la naturaleza humana. En una atmósfera social en la que lo que parece primar es la inversión de los valores morales y culturales de la tradición judeocristiana, el animalismo pretende exhibirse como un seudoideal de baja intensidad y de reemplazo de los grandes relatos  otorgadores de sentido: cristianismo, marxismo, anarquismo.



A mi modo tal vez algo torpe o miope de ver las cosas y los fenómenos, este sentimentalismo ternurista del movimiento animalista empeñado en tratar de imponer a todo quisque la concepción que equipare la dignidad de los animales a la  dignidad y digneidad (reconocido esto con la memoria nutriente del filósofo Xabier Xubiri muy presente o de fondo) del hombre, creado varón y hembra a imagen y semejanza de Dios, es fruto de este dogma de esta misma corriente de pensamiento: los animales merecen ser tratados con igual respeto al debido al hombre porque los animales sufren y sienten y gozan y padecen. No importa que Dios no los haya creado a su imagen y semejanza (aunque sí sean criaturas de Dios ciertamente, portadoras de un "soplo o ánima", como llegó a formular el santo papa Juan Pablo II), no importa que no estén llamados a heredar la vida eterna (los conceptos tradicionales de cielo, purgatorio, infierno...), no importa que carezcan de lenguaje articulado, no importa que no sean en verdad libres ni conscientes, no importa que no sientan sed de saberes, de infinito, de eternidad, de Dios, no importa que no sean sujetos de derechos ni deberes, no importa que no hayan desarrollado un pensamiento racional y simbólico; como sufren, se puede llegar a la monstruosidad de igualar el drama por la muerte del niño peruano devorado por las pirañas al también drama -según la sensibilidad animalista- de la muerte de pollos, corderos o vacas para el consumo humano.


 
Tampoco parece importarles el hecho innegable de la condición depredadora del hombre y su natural tendencia a ser omnívoro. Entonces, como consecuencia de todo este pensamiento animalista desontologizador y deshumanizador, y siempre con el telón de fondo del feminismo, el laicismo, el marxismo cultural, el ateísmo, el homosexualismo y demás ismos de la progresía y su flamante proyecto de ingeniería social de que se nutre el propio animalismo, se llega a los otros "excesos" del animalismo más militante. Por ejemplo, al de llamar asesinos a los toreros al tiempo que se justifica y legitima la práctica del aborto y del homosexualismo. O al extremo de considerar que en efecto no hay pecado, el concepto católico de pecado, pero que si lo hubiera, pecado sí sería cazar (caza menor, mayor, la que sea) o ir a pescar con caña a la orilla del mar, toda vez que en ambas prácticas lo que se da es "el asesinato innecesario de seres vivos inocentes", pero no sería pecado abortar ni sería pecado la homosexualidad.

 
 
Préstese atención a la manipulación del lenguaje: "asesinato" e "inocentes", tradicionalmente referidos al hombre, ahora usados con toda intención como términos o conceptos aplicados a los animales. O lo que es lo mismo: los animales pasan a ser sacralizados a base de antropomorfolizarlos: los animales tratados como si de personas se tratara. Y claro -volvemos como circularmente al principio de esta reflexión-, la conclusión a la que llegamos con todo este pensamiento que desdibuja a Dios para acabar desdibujando al hombre, es justamente  a esta monstruosidad ya referida: el drama y el dolor por la muerte de ese niño peruano devorado por pirañas son moralmente equiparables al drama y el dolor por el sacrificio (ya sabemos que los animalistas tienen tendencia a hablar de "asesinato de seres inocentes") de pollos, conejos, vacas, corderos, faisanes y gallinas para el consumo humano de carne. ¡Menuda mentecatada, como mínimo!
 
 
 
Repitamos: el colmo de la deshumanización. Desde luego, al menos para mí este estado de cosas resulta espeluznante. Entre otras razones, por esta: Europa es un continente secularizado, descristianizado, neopaganizado a tope, en el que la conciencia ciudadana colectiva parece estar anestesiada por el consumismo, el hedonismo, el materialismo injertado con un individualismo inmisericorde. Así las cosas entonces, ¿el movimiento animalista va a servir de aliento o acicate para que Europa por fin comience a despertar de su letargo nihilista y apóstata?


Huelga sentenciar que en absoluto: el animalismo no es más que una grotesca microutopía que trata de suplir, como toda ideología nacida del derrumbe de Dios y los grandes relatos (cristianismo, socialismo marxista y anarquismo) ese vacío de Dios imperante en las modernas sociedades secularizadas. O dicho de manera más gráfica y aun coloquial: a falta del agua buena con que calmar la sed de Dios, el refresco de cola sucedáneo que suponen los animalismos, feminismos y resto de ismos de turno y de reemplazo. Como que ya lo advirtió el incomparable Chesterton: "Cuando el hombre deja de creer en Dios, pasa a creer en cualquier cosa". 
 
 
 
27 de julio, 2017. Luis Henríquez Lorenzo: profesor de Humanidades, educador, escritor, bloguero, militante social.




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