Una sola es la causa, una sola la razón: no creen, no tienen fe. Porque si creyeran, si tuvieran fe, ni dirían, ni harían, lo que dicen y hacen.
Purpurados, prelados y demás clérigos, en su gran mayoría, no creen, no tienen fe, así de claro, simple y llano… y de terrible y espantoso. La actual crisis de la Iglesia es, en realidad, crisis de sus pastores y crisis de fe, sólo que más profunda que la arriana que la infectó hasta casi hacerla desaparecer o de aquellas que derivaron en pestilentes herejías.
Porque no creen, porque no tienen fe, no predican el Evangelio, sino una burda caricatura de él. Seleccionan unos trozos, los retuercen, tergiversan y manipulan. Sólo les interesan las partes más amables y llevaderas, las que mejor suenan. Hace mucho que desecharon las otras, es decir, la práctica totalidad de la Buena Nueva.
Porque no creen, porque no tienen fe, se han rendido al mundo, se someten a los poderes terrenales, adoptan sus usos, acatan sus inicuas leyes, aceptan sus malas costumbres, callan, no molestan y “dialogan” con ocasión y sin ella, estimando más el qué dirán de los hombres que la voz del Redentor.
Porque no creen, porque no tienen fe, se acuestan, revuelcan y mezclan en el lodazal de los cismáticos, herejes, infieles, descreídos y miembros de la secta.
Porque no creen, porque no tienen fe, dispersan a las ovejas y a las que quedan las convierten en borregos, pues sólo quieren fieles de sacristía, meapilas y chupacirios, dóciles, mudos, ciegos y sordos que les rindan pleitesía.
Porque no creen, porque no tienen fe, tienen miedo a quien sólo puede matar la materia, la cobardía les anega, la prebenda es su enseña, la vanidad su emblema, es su afán alimentar a la Bestia.
Porque no creen, porque no tienen fe, sientan un precedente que ni el más vil de los humanos se atrevió jamás a cometer, y mofándose del lugar sagrado, se suman entusiastas al aquelarre y bailan desenfrenados sobre los restos de Francisco Franco, profanando su sepultura cuando impedirlo ha estado siempre en sus manos.
Porque no creen, porque no tienen fe, Dios se ha burlado de ellos y ha dispuesto que la última palabra, el poder supremo, se le haya entregado al más pequeño, a un humilde y pobre fraile de vida austera, a un simple y endeble prior dedicado a la oración y a la penitencia, pero, al contrario que ellos, todo él fortaleza, pues tiene fe, la fe inmensa del que todo lo dejó hace mucho en manos de la Divina Providencia.
¡Españoles! Fe, fe y fe. Nada os turbe, ni os espante. Esperanza y firmeza. Ánimo y valor. Fieles a Cristo antes que a estos despojos humanos de carne perecedera. Que Él nunca falla. Que la persecución es la vía que lleva a la victoria final, que es la que cuenta. Aunque Dios permitiera que se pierda esta batalla, no por ello la guerra que trajo al mundo cesa. Que son los tiempos recios los de alegría y esperanza porque son los que llevan al cielo. Que nadie se engañe, que es la adversidad la prueba de si de verdad creemos y tenemos fe, o si, no nos engañemos, somos peor que ellos.